Siempre que llueve escampa.
Recordar los días de lluvia de la infancia es evocar una mezcla de melancolía y consuelo. Las tardes en casa, mirando por la ventana cómo las gotas dibujaban caminos serpenteantes en el vidrio, mientras el sonido de la lluvia creaba una melodía tranquila y envolvente.
Era un tiempo para soñar despiertos, para dejarnos llevar por los cuentos que leíamos, las historias que inventábamos, o simplemente, para disfrutar del calor del hogar mientras afuera el mundo se refrescaba.
Volver a experimentar una lluvia similar después de muchos años es como reencontrarse con un viejo amigo. Nos conecta con aquellos días pasados, con la versión más joven de nosotros mismos. Sentimos la misma serenidad y quizás una nostalgia dulce al recordar aquellos tiempos que, aunque lejanos, siguen vivos en nuestra memoria.
La lluvia nos recuerda que todo es cíclico, que así como llegan las dificultades, también pasan. Y en esa espera, en ese tiempo de lluvia, aprendemos a valorar los momentos de calma, de claridad. Cada tormenta que enfrentamos y superamos nos hace más fuertes, más conscientes de la belleza de la vida en su totalidad, con sus altibajos, sus días nublados y sus amaneceres despejados.
Siempre que llueve escampa, y en ese escampar encontramos la promesa de que, sin importar cuán intensa sea la tormenta, siempre hay un nuevo comienzo esperando.






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