«Campanas desde la azotea”









Había un mirador secreto en mi infancia habanera. 

No era un balcón elegante ni una torre de iglesia, sino la azotea del edificio que albergaba al Coppelia de La Víbora, allá en la intersección de 10 de Octubre y Vista Alegre. En la planta baja, el aroma a helado de vainilla y fresa se mezclaba con el bullicio de los clientes. En el piso superior, lo que alguna vez fueron cuartos para choferes del paradero —primero de tranvías, luego de ómnibus— guardaban historias de tránsito, descanso y jornadas largas bajo el sol de La Habana.

Pero era en la azotea donde todo adquiría otra dimensión.


Desde allí, en las tardes o en las primeras horas de la mañana, la vista se abría hacia una joya de piedra y silencio: la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, aunque para nosotros, simplemente, era la de los pasionistas. Se erguía con sus torres góticas apuntando al cielo, como si quisieran atrapar las nubes del trópico.

Lo más mágico, sin embargo, era el sonido de sus campanas. El repicar, suave o solemne, llegaba con la brisa como una caricia antigua. A veces marcaba la hora, otras, algún llamado sagrado. Y en mi pecho, el eco de ese bronce vibrando tenía algo de misterio, algo de consuelo, algo de eternidad. Era como si ese sonido conectara la tierra caliente de mi barrio con algo más alto, más hondo, más íntimo.


Desde aquel techo aprendí a escuchar la ciudad desde arriba. La vida seguía abajo —el helado, los pasos, los pregones, los motores viejos— pero allá arriba, por un momento, era sólo yo ….

y las campanas. 

Y eso bastaba.


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