La decisión.
¿Te quieres quedar? ¿O quédate?
No sé, no recuerdo exactamente cuál de esas dos frases fue, pero la invitación era concreta, clara, precisa.
—Si te quedas —me dijeron—, te dejamos la casa de mi abuelita para que vivas ahí. Ningún tipo de problema.
Eso ocurrió en 1997 o 1998, cuando estaba de visita en México con el Conjunto Folclórico Universitario. Tuve un accidente: me caí de un caballo y me lastimé un tobillo. Mientras guardaba reposo en casa de unos amigos, me hicieron la oferta.
Lo pensé. Claro que lo pensé. Pero también sabía que México tenía un tratado con Cuba, y que a los cubanos que decidían quedarse los regresaban a la isla inmediatamente. Cuando llegamos al aeropuerto, lo primero que hicieron fue retirarnos el pasaporte cubano y entregarnos un documento verde llamado MP3. Esa era nuestra identificación oficial durante la estancia. Estábamos, en realidad, atados de pies y manos, sujetos a las regulaciones migratorias y a los acuerdos entre ambos países.
Así fue la cosa.
Yo tenía bien claro que saldría de Cuba, pero sabía que no sería por ahí.
Tenía pensado irme a Europa.
No sabía cómo…
Pero sabía que lo haría.
Y así sucedió.





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