Sigo soñando despierto.
Tengo otro sueño, plan, deseo—llámalo como quieras, que igual me pica por dentro cada vez que lo pienso. Quiero nadar, o mejor, bucear junto a los gigantes marinos. No estoy hablando de pescar jureles en la orilla, no señor. Estoy hablando de esos verdaderos colosos del mar: mantas oceánicas, ballenas jorobadas, cachalotes, tiburones ballena… y la gran señora azul, esa que dicen que es más grande que un autobús con complejo de rascacielos.
Indonesia es el destino que más me coquetea. Es como si ese país me estuviera mandando mensajitos por WhatsApp, “Oye, ven, que aquí están tus gigantes, y el agua está calientica.” Pero bueno, la vida tiene su propio GPS, y hace un tiempo me dijo: “Primero resuelve lo tuyo, compadre. Prioridades.” Así que me tocó frenar, hacer la mudanza, poner los pies sobre tierra firme (aunque el corazón siguiera en modo sirena).
Pero ese sueño no se ha ido a ningún lado. Sigue ahí, enrollado en una toalla de playa, esperándome. Lo de las Maldivas fue como un tráiler de película. Una probadita. Un anticipo elegante. Vi mantas, sentí esa cosita en el pecho que se siente cuando estás exactamente donde deberías estar, pero todavía no es el gran momento. ¿Me explico? Como cuando pruebas el merengue del pastel, pero todavía no han traído el café.
Así que sí, el plan sigue. No me he olvidado. Solo lo tengo ahí, marinándose. Porque cuando llegue ese instante —cuando me lance de la lancha y esté frente a frente con un animal de 20 metros que ni siquiera sabe que existo— yo voy a estar listo. Con el corazón reventándome de emoción, el regulador bien puesto, y una sonrisota bajo el agua que ni el océano entero podrá esconder.
Y ahí sí, que me busquen después. Porque yo voy a estar flotando entre gigantes, diciendo: “Coño, al fin llegué.”






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