Yo me tomo tiempo




Soy como esos equipos modernos que entran en stand by cuando no hay acción evidente. No es inercia: es pausa consciente. Mi motor no se apaga, solo espera.

Los días sin algo importante que hacer no me desesperan, pero tampoco me entusiasman. Me provocan un desgano dulce, una especie de descanso selectivo.

Ahí, ahorro energía. Reservo lo esencial para cuando la ocasión lo amerite. No derrocho fuerza. No me muevo si no hace falta.


Las prisas innecesarias no van conmigo.

El estrés por premura, esa ansiedad de los optimistas del tiempo —los que creen que siempre se llega, que siempre se puede—, está muy lejos de mi forma de ser.


Yo voy y vengo con tiempo suficiente.

Para los imprevistos.

Para las cosas súbitas.

Para los casos de fuerza mayor.

Y también para esos momentos en los que hay que decir o pensar:

«Eso nunca había pasado… nunca había fallado… nunca había llegado tarde.»


Sé que no todo es predecible.

Pero también sé que uno puede tomar medidas preventivas: dejar margen, abrir espacio, respirar antes de actuar.


Por eso,

me tomo tiempo.

Para llegar sin correr.

Para estar sin ausentarme.

Para responder sin improvisar.

Para vivir, sin sentir que la vida me empuja por detrás.


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