El vuelo invisible





Una madrugada cualquiera —ni lunes ni domingo— soñé que volaba.


No con alas ni en un avión comercial, sino sobre una mini nave espacial, blanca y silenciosa, que respondía sólo a mi voz. Bastaba decir “arriba”, “gira”, “acelera ”… y la nave obedecía, como si entendiera no sólo mis palabras, sino también mis dudas, mi cansancio, mi deseo de escapar.


Volábamos juntos sobre un mundo que no parecía Cuba ni Europa, pero tenía algo de ambos. Desde lo alto, los techos eran como mapas sin leyenda, y el aire olía a posibilidades.


Entonces aparecieron ellos.


Militares extraños, de aspecto casi humano pero sin alma en los ojos. No hablaban, sólo me seguían. Sabía que si me atrapaban, algo se apagaría dentro de mí para siempre. Quisieron derribarme con un cohete, y fue entonces que sucedió lo imposible: la nave desapareció, y yo comencé a volar solo.


No caí. No dudé. Me elevé con la misma confianza con que uno se lanza al mar sin pensar en la profundidad. El cohete venía hacia mí, pero con un simple gesto de la mano —como quien apaga una lámpara— lo neutralicé. Silencio. Paz. Libertad.


Desperté con el corazón latiendo despacio, como si aún flotara en ese otro cielo.


Aún no sé si fue un sueño o una memoria de algo que soy cuando no me acuerdo de serlo.


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