La cuenta pendiente

Si 





—¿Vamos al bar Sofía? —nos propuso Naite a Barroso y a mí, con esa chispa suya que encendía cualquier tarde.


Yo, entusiasmado, dije que sí sin pensarlo. Incluso me ofrecí a pagar. Tenía veinte pesos en la billetera —una pequeña fortuna para un estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, en los últimos años de los 80.



Llegamos al bar. Pedimos tragos. Nos reíamos a carcajadas de cualquier cosa: de profesores, de leyes absurdas, de nosotros mismos.



Todo iba bien… hasta que llegó la cuenta.


Saqué mi billetera con una seguridad olímpica… y al abrirla, el alma se me cayó al suelo.


Vacía. Ni un peso.


Me invadió un calor extraño, mezcla de pánico, vergüenza y esa sensación de querer evaporarse.


Naite, sin dudar, tomó las riendas.


—Voy a buscar dinero a mi casa —dijo con una sonrisa sin juicio. Vivía no muy lejos, en los alrededores de El Vedado, cerca del bar.


Antes de irse, le dijo al camarero:


—¡Póngale otra ronda a los muchachos!


Acepté esa segunda vuelta entre apenado y agradecido.


El tiempo pasó. Naite regresó, pagó la cuenta como si nada, y nos fuimos, riendo de nuevo, pero ya yo cargaba algo dentro que no se me quitaba.



Al llegar a casa, me enfrenté a la pregunta inevitable:


—¿Mami?


—¿Sí, mi hijo?


—¿Tú tomaste los veinte pesos que tenía en la billetera?


—Sí, los necesité para hacer unas compras…


Respiré profundo.


—Uffff… la próxima vez me avisas, por favor. Pasé la vergüenza de mi vida…


Y le conté lo que te acabo de contar.




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