El césped es más verde del otro lado

 







         Bruket (I)


Desde mayo hasta agosto, y durante cinco años consecutivos, viví en Bruket, una casa de campo cerca del pueblo portuario de Nynäshamn.


Para llegar hasta allí dejábamos atrás la carretera 73, de siniestra reputación entre los propios conductores, quienes solían infringir los límites de velocidad y terminar envueltos en accidentes que justificaban su apodo: la carretera de la muerte. Nos desviábamos primero a la derecha, luego a la izquierda, y entrábamos por una vía de tránsito más calmado. 


Después, un camino de arcilla nos guiaba durante unos cinco minutos hasta llegar a Bruket.


El sitio era extremadamente hermoso.


Al pasar el portón de entrada, lo primero que se veía era el antiguo garaje —ya te conté cómo pasó de ser un almacén de trastos y cosas viejas a convertirse en un espacio útil, donde guardábamos los kayaks y demás objetos que sí valían la pena conservar.


Frente al garaje, flanqueando el camino, había un terreno sembrado con manzanos, perales y albaricoqueros, todos espaciados con mesura, como si cuidaran su propio equilibrio.

Luego venía la casa: enorme, de dos plantas, con un portal amplio y un sótano (tema aparte, para otro escrito).


Frente al portal, y con las dimensiones aproximadas de un campo de fútbol, se deslizaba una colina tapizada de hierba. Al final, la colina desembocaba en una pequeñísima playa, con su muelle de madera y el lago. Todo estaba rodeado de colinas, elevaciones suaves, vegetación… pura naturaleza.

Esa porción de terreno, junto con la de los frutales, la atendía yo mismo cada vez que iba. Me montaba en un pequeño carrito cortacésped, protegido con auriculares, gafas de seguridad y ropa de trabajo. Me tomaba unas dos horas cortar todo el césped, pero el tiempo volaba: llevaba música en los oídos y, mientras trabajaba, sentía que todo estaba en su lugar.

Comentarios

Entradas populares