“De Oslo a Estocolmo, con aire a mar”




De espectador a imagen



La primera vez que los vi fue en Oslo. Era una tarde ya oscura —de esas en que el cielo se vuelve negro antes de la cena— y caminábamos por el centro buscando un sitio para comer. Entonces, algo completamente fuera de contexto me detuvo: unos tanques de buceo alineados en plena acera, como si esperaran con paciencia a que el mar se hiciera presente en medio del asfalto. Me pareció una imagen extraña, casi irreal.


Recuerdo haberme quedado mirándolos con curiosidad. Me pregunté quién estaría detrás de esa escena, quién preparaba su inmersión desde una ciudad sin olas. Aquello me pareció casi poético: la promesa del mar contenida en esos cilindros metálicos, silenciosos, esperando el momento de liberar su oxígeno bajo el agua.


Pasaron los años.


Y sin que me diera cuenta, esa imagen se volvió mía.


Ahora soy yo quien, en las tardes de Estocolmo, carga los tanques hasta la acera. Los alineo junto a la piscina, en medio de la ciudad, preparando las inmersiones de entrenamiento antes de los cursos de Open Water. Soy yo quien forma parte de esa extraña y hermosa contradicción: el buzo sin mar, el ritual del descenso practicado lejos de las costas, como un ensayo de la libertad.


A veces, mientras los acomodo, me viene aquella escena de Oslo. Y sonrío. Porque sin saberlo, aquel primer encuentro fue una especie de señal. Una imagen que se quedó conmigo para recordarme que, con el tiempo, uno puede convertirse en lo que alguna vez simplemente observó.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares