En espera
2024.11.20
La plaza central de Vällingby comienza a despertar con su ritmo habitual, un microcosmos de actividad que se despliega lentamente, como si la ciudad misma se desperezara. Las hojas caídas se arremolinan sobre los adoquines, creando un tapiz de colores otoñales que decora el suelo con tonos cálidos y vibrantes. Decir que ensucian sería un desaire a este regalo de nuestra madre Natura, un espectáculo gratuito que transforma lo cotidiano en poesía visual.
Decenas de palomas, como guardianas del lugar, picotean con afán restos de comida esparcidos sobre la superficie irregular. Su presencia, a veces caótica, es un recordatorio de la coexistencia entre lo salvaje y lo urbano, una danza que se repite todos los días.
Mientras tanto, los puntos de venta empiezan a tomar forma. Las tiendas portátiles de lona, con sus características cúpulas puntiagudas, cobran vida al mostrar sus productos. En ellas se encuentran prendas de vestir, piezas de artesanía y artículos de consumo cotidiano, algunos repetidos de semanas anteriores, otros renovados con la frescura del día. Entre todo esto, destacan las frutas, verduras y hortalizas, con su vibrante paleta de colores, prometiendo frescura y vitalidad a quienes se detienen a mirar.
Yo, espectador y participante de este escenario, entro a un Espresso House y elijo un rincón donde me siento a escribir estas líneas que ahora lees. Desde aquí, observo la vida que fluye en la plaza, los pequeños detalles que, juntos, componen la narrativa de este lugar.
En una hora, cuando el reloj marque las 10:30, comenzará mi jornada. Pero por ahora, este momento es mío: una taza de café caliente, la brisa de la mañana y el murmullo de una plaza que vive, respira y, poco a poco, se llena de historias.




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