Modelo






Allí estaba yo, en el centro de un rectángulo en el Museo de la Danza en Estocolmo.



Yo negro, joven, jovial, fresco, vestido de blanco.

 Primera parte: Movimiento libre, atención fija


El rectángulo, de unos 20 metros cuadrados, parecía un escenario cargado de expectativas. A mi alrededor, en los bordes del espacio precintado, un grupo de estudiantes de artes plásticas permanecía sentado, cada uno con su cuaderno de dibujo en mano. Sus miradas, inquisitivas y concentradas, se posaban en cada movimiento que yo hacía. El moderador, un hombre serio pero calmado, observaba todo desde un rincón, llevando el ritmo invisible de aquella experiencia.


Me movía con libertad, como si mi cuerpo estuviera guiado por impulsos espontáneos, pero cada giro, cada pausa, cada extensión de mis brazos o inclinación de mi torso estaba lleno de intención. Bailaba sin música, pero en mi mente resonaban ritmos que solo yo podía escuchar.


Cada vez que me detenía, adoptaba una postura: un brazo elevado, un pie en punta, la mirada fija en un punto imaginario del horizonte. “Tres minutos”, decía al moderador, y durante ese tiempo los estudiantes, desde sus diferentes ángulos y perspectivas, trataban de capturarme en sus bocetos. Podía sentir el sonido de los lápices rasgando el papel, como un eco sutil que contrastaba con el silencio que dominaba la sala.



A veces, me detenía en posiciones desafiantes, forzando la curva de mi cuerpo o equilibrándome sobre una pierna. Otras, permitía que mi postura fuera relajada, casi perezosa, como un reflejo de mi creciente cansancio. Los minutos pasaban lentamente, y aunque los movimientos parecían libres, la concentración que requería cada pausa era extenuante.


El proceso se repetía: movimiento, pausa, tiempo medido, bocetos. Cincuenta minutos que se sintieron eternos, llenos de miradas fijas, de manos que dibujaban mi imagen y de un cansancio que comenzaba a instalarse en mi cuerpo. Cuando el moderador anunció la pausa, sentí un alivio inmediato.


Pausa: un respiro breve


El museo estaba fresco, pero mi cuerpo estaba cálido, casi sudoroso. Bebí un poco de agua mientras me sentaba en el borde del rectángulo. Algunos estudiantes murmuraban entre ellos, probablemente comentando sus bocetos o detalles técnicos. Yo evitaba mirar sus dibujos; no quería influir en su percepción de mí. Era extraño ser observado tan detenidamente, ser transformado en líneas y sombras sobre papel.


Segunda parte: La danza con la silla


Regresé al centro del rectángulo. Esta vez, no estaba solo. Frente a mí había una silla sencilla, de madera clara, nada especial, pero en ese momento parecía un nuevo personaje en esta narrativa visual.


Mi cuerpo estaba cansado, pero el desafío era claro: crear algo diferente, algo nuevo. La silla se convirtió en mi pareja de baile. La levanté, giré alrededor de ella, la empujé suavemente. A veces me sostenía sobre su respaldo; otras, la arrastraba como si fuera un objeto pesado, cargado de emociones invisibles.


Los estudiantes no perdieron detalle. Sus ojos seguían mis movimientos, tratando de descifrar cómo mi cuerpo y la silla se relacionaban, cómo aquella conexión se traducía en una forma artística. Me inclinaba, me levantaba, rodeaba la silla con movimientos fluidos que poco a poco se volvían más lentos, más pausados, como si mi cuerpo ya no pudiera sostener el ritmo.


Los últimos cinco minutos fueron diferentes. Me senté en la silla, dejando que el peso de mi cuerpo hablara por mí. Cerré los ojos, exhalé profundamente, y, sin darme cuenta, mi cabeza cayó hacia un lado. Mi mente se desconectó por un momento; estaba allí, pero no estaba. Dormité, entregándome a la mezcla de cansancio y alivio, hasta que sentí una mano en mi hombro.


“Ya hemos terminado”, dijo el moderador suavemente. Abrí los ojos y vi las miradas de los estudiantes, algunos todavía dibujando, otros con sus cuadernos cerrados. Me levanté lentamente, estirando mi cuerpo que ahora parecía mucho más pesado que al principio.


El experimento había concluido, pero la sensación de haber sido parte de algo único, una especie de interacción entre mi cuerpo, su percepción y sus trazos, permanecía conmigo. Era como si aquel rectángulo en el Museo de la Danza hubiera capturado un fragmento de mí, uno que ahora vivía en cada uno de sus dibujos.




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