Subiendo

porque para abajo todos Los Santos ayudan …


Las escaleras mecánicas de Estocolmo, esas benditas estructuras que parecen sacadas del Olimpo tecnológico, son una mezcla fascinante de necesidad, comodidad y, ocasionalmente, un problema monumental. Están por todas partes: en los accesos al metro, estaciones de tren, edificios públicos, tiendas departamentales… incluso en lugares donde uno se pregunta si no sería más fácil poner una simple rampa. Pero, claro, ahí están, facilitando nuestro traslado rápido y eficaz, haciéndonos sentir como si fuéramos reyes que flotan sin esfuerzo. Bueno, eso, claro, cuando funcionan.


Porque, amigos, las escaleras mecánicas tienen sus días. A veces trabajan sin quejarse, y otras parecen decidir colectivamente que necesitan un respiro. Pero antes de entrar en ese desastre, déjenme educarlos un poco sobre su código de uso. Sí, porque aunque parezca que solo se trata de pararse y dejarse llevar, hay reglas: si no estás apurado, y prefieres quedarte estático como un maniquí en movimiento, colócate a la derecha del escalón. Esto deja el lado izquierdo libre para los impacientes, los atletas del metro, y aquellos que creen que llegar al andén tres segundos antes les salvará la vida. Es casi un arte entender estas normas, pero ignorarlas… bueno, es una invitación a miradas fulminantes y suspiros cargados de odio.


Ahora, déjenme contarles un episodio memorable. Fue un año cualquiera, de esos en los que Estocolmo decide que el caos es su deporte nacional. Resulta que un porcentaje alarmante de las escaleras mecánicas de T-Centralen, el corazón frenético del transporte público, entró en un estado de coma simultáneo. Los carteles decían “mantenimiento”, pero yo sospecho que las escaleras organizaron una huelga. ¿El resultado? Escalones, decenas de escalones, estáticos, inmóviles, esperando a ser escalados manualmente. ¿Subirlos? Oh, un regalo de los dioses del cardio. ¿Bajarlos? Bueno, para eso están los mismos dioses, dispuestos a empujarte suavemente.


Recuerdo aquella vez que, como el guerrero urbano que soy, me enfrenté a esas interminables escaleras. Cada paso era una prueba de mi resistencia física y emocional. Los peldaños parecían multiplicarse con cada zancada, y al llegar arriba, jadeando como si hubiera corrido un maratón, descubrí una escena inesperada: trabajadores del metro con jarras de agua y vasos para los pobres transeúntes extenuados. Un gesto que, si bien era un alivio, también me hizo reír internamente. ¿Agua? ¡Necesitábamos oxígeno y un desfibrilador! Pero bueno, el esfuerzo fue real, y las risas posteriores también.



Así son las escaleras mecánicas de Estocolmo: nuestras aliadas en días buenos, nuestras enemigas en días malos, y siempre una fuente de historias que, entre risas y sarcasmo, nos recuerdan que vivir aquí no es solo caminar… sino escalar.



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