(Des) concierto matutino.

 Cuando estoy a solas con la naturaleza lo percibo con mucho más nitidez.

Como ser humano formo parte de ella, pero hasta cierto punto….




De ahí en adelante, desarmonizo. 

Mis sonidos, mis ruidos, no encajan en el concierto natural.

Muchos de mis ruidos son artificiales, provocados, entre otras cosas por mis llaves  al entrechocar una con la otra en el bolsillo de mis pantalones que descienden hasta mi calzado de turno que al golpear el terreno por donde durante unos siete minutos que es lo que dura mi traslado desde mi morada hasta la entrada del metro, desarmoniza con el concierto que las aves nos regalan cada día y que no sabemos apreciar, agradecer y mucho menos aplaudir.



Entonces, ahí estoy yo, el humano desentonado, caminando como un tambor desafinado en una sinfonía de violines. Mis llaves, esas traviesas, parecen tener su propio concierto de heavy metal en mi bolsillo, resonando con cada paso como si estuvieran compitiendo por el primer lugar en "La Voz" de los objetos inanimados. Mis pantalones, por supuesto, no ayudan, ya que son tan ruidosos como una fiesta de año nuevo en el fondo de un templo zen.

El calzado, ah, mi calzado, siempre dispuesto a marcar su presencia con cada golpe firme sobre la acera. Cada pisada se siente como si estuviera tocando la batería en un concierto de rock, interrumpiendo la tranquila melodía de los pájaros que parecen susurrar entre ellos: "Ahí viene otra vez el del calzado ruidoso".


Sin embargo, no puedo evitar reírme de la situación. Mientras las aves trinaban con elegancia y los árboles susurraban secretos milenarios entre sus hojas, yo aportaba mi granito de arena a la cacofonía matutina. Y aunque mi cacareo metálico y mis pasos rítmicos no fueran a ganarse ningún premio en el festival de sonidos de la naturaleza, al menos podía sentirme como la estrella invitada en este espectáculo diario.

Me imagino a las aves murmurando sobre mí en sus charlas matutinas, "Ahí viene el hombre de los ruidos otra vez. Al menos nos da algo de qué hablar". Y con ese pensamiento, mi paseo hacia el metro se convierte en un desfile de sonidos no tan desafortunados, donde cada paso y cada tintineo es una nota más en la partitura caótica y hermosa de la vida cotidiana.


Y así, entre risas internas y un poco de compasión por los habitantes del reino natural, sigo mi camino, sabiendo que, a mi manera, también soy parte de esta gran sinfonía, aunque mi instrumento sea un poco... desafinado.





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