El día que internet me hizo llorar
Me levantaba temprano para luego de hacer mis deberes hogareños, tener tiempo para seguir descubriendo el inmenso mundo informativo de internet.
Aquella mañana busqué información sobre el malecón de La Habana, su inauguración y otros detalles.
Al principio, me cautivó la historia de su construcción, la grandiosidad de sus primeras imágenes, y la belleza de su diseño que resonaba con el espíritu vibrante de la ciudad.
El malecón, inaugurado a principios del siglo XX, fue concebido como un espacio para que los habaneros y los visitantes pudieran disfrutar de la brisa del mar, uniendo la vida urbana con la vastedad del océano.
Sin embargo, a medida que seguía leyendo y viendo fotos más recientes, un dolor profundo se instaló en mi pecho.
Lo que una vez fue un lugar de encuentro lleno de vida y color, ahora mostraba signos claros de desidia y abandono.
Las fotos actuales mostraban muros agrietados, pintura descascarada y estructuras corroídas por la salinidad y el tiempo, sin mantenimiento ni cuidado por parte de las autoridades gubernamentales cubanas.
Cada imagen, cada relato de la decadencia, intensificaba mi frustración y tristeza. Me preguntaba cómo un lugar tan lleno de historia y significado podía ser tratado con tanta negligencia.
Y mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de la importancia de recordar y de luchar por la preservación de nuestra herencia cultural, para que futuras generaciones no pierdan el vínculo con su pasado.













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