En guagua, en La Habana.

  Transporte Urbano: Un Evento Exótico

En la isla-trampa-cárcel-bella-surrealista-incomprensible de donde vengo, viajar en transporte urbano era un evento exótico.

La guagua se aproximaba a la parada donde muchos de nosotros esperábamos (im)pacientemente. La estética transformada de la guagua era directamente proporcional a los patrones estéticos de su conductor, el guagüero.


  La Guagua: Un Espectáculo Rodante


La parte delantera de la guagua tenía de todo extra: cuatro espejos retrovisores, el doble de los necesarios, luces de colores que no señalizaban nada, solo brillaban y daban colorido. En la cabina, toda suerte de adornos y cosas insólitas.





 El Espectáculo Visual y Musical


Al subir a la guagua empezaba el espectáculo visual y musical. La apariencia del guagüero y la música, que desde una reproductora de cassettes o después actualizada a una reproductora de discos compactos, amenizaban nuestro viaje, haciendo mover nuestros cuerpos al compás de las contagiosas melodías.


El Guagüero: Personaje de Calle



El guagüero, de "ambiente y calle", iba sentado de medio lado, "con aguaje", camisa blanquísima, abotonada en la parte superior y el resto abierta para dejar lucir su también blanquísima camiseta blanca. Corte de cabello a las motas, patillas con intenciones de convertirse en barba, bigotes y, al sonreír indistintamente, mostraban algunos sus dientes de plata u oro.

Viajar en aquella guagua no era solo un trayecto de un punto a otro; era una experiencia llena de color, música y personajes únicos que hacían de cada viaje algo memorable.



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