Daiquirí

 









La Habana, 2008


Era una tarde cubana, de esas que parecen pintadas con el pincel del sol y el sudor. El aire ardía como el asfalto al mediodía, y La Habana olía a salitre y a historia. Yo llevaba años en  Europa…. Y ahora  respirando este Caribe que no te suelta nunca del todo. Esa tarde, con algunos de mis alumnos de la escuela de baile, decidimos escapar del calor como manda la tradición: con un daiquirí en El Floridita.

Entramos y el murmullo del bar nos abrazó. Ventiladores girando lento, paredes cargadas de recuerdos, y la música… ¡ay, la música! Un grupo de soneros afinaba sus cuerdas, preparando ese golpe rítmico que hace que la sangre del cubano se despierte aunque intente dormirse.


Pedimos nuestros daiquirís, esos cristales fríos que parecen esconder la receta del olvido. El primer sorbo fue como una caricia helada en medio del infierno tropical. El ron, con su dulzura peligrosa, nos bajó suave y nos subió la alegría. Y entonces, ¡sonó el primer acorde!


El tresero de la agrupación arrancó un son viejo, de esos que no pasan de moda. Las maracas se metieron en la conversación y el bongó marcó el camino. Yo miré a mis alumnos y ellos me miraron a mí. No hubo palabras. Sólo dejamos que la música nos hablara en ese idioma que entendemos mejor que cualquiera: el del baile.


Nos levantamos. Primero tímidos, como quien pide permiso a la historia, y después con toda la sangre cubana en los pies. Bailamos entre las mesas, entre el murmullo de turistas que nos miraban como si vieran un milagro. Pero no era un milagro. 

Era Cuba, era La Habana, era ese instante perfecto en el que el tiempo deja de existir y sólo queda la música, el ron y la piel ardiendo de emoción.


Se armó la fiesta, corta pero intensa, como un beso robado. El grupo sonaba como si estuviera tocando para nosotros solos, y nosotros bailábamos como si el mundo entero fuera ese pedazo de suelo cubano. Nunca olvidaré el brillo en los ojos de mis alumnos, la mezcla de sorpresa y devoción, y el latido compartido que se quedó flotando en el aire mucho después de que sonara la última nota.


Salimos del Floridita con la noche empezando a nacer, el corazón encendido y la certeza de haber vivido algo que no se repite dos veces en la vida. Porque esas cosas pasan sólo en La Habana, y sólo cuando Cuba decide que ese día es tuyo.

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