Ojo de albañil.




 La albañilería es un trabajo que requiere precisión. Las medidas deben ser exactas para no fallar, los niveles correctos para que la construcción no quede desbalanceada. Un error puede traer consecuencias en el futuro. El albañil debe ser hábil, lúcido, en pleno uso de sus facultades, con los sentidos afinados y puestos al servicio de lo que hace.


Siempre hay excepciones. Mi padre era una de ellas. Trabajaba… y bebía alcohol.


Recuerdo una construcción en Guara, un pueblito del campo en La Habana. En cierto momento, le dijo a la señora de la casa que iba a ir al policlínico a inyectarse. La mujer, preocupada, le preguntó a su esposo:

—¿Pero está enfermo? ¿Por qué tanto tiene que ir al policlínico?

Y el esposo le respondió:

—No, chica. Va al bar, a darse un trago de ron.


En otras ocasiones lo vi trabajar igual: bebiendo. Una vez se paró junto a una pared y dijo que estaba jorobada, inclinada, sin usar ningún nivel. Cuando lo comprobamos, efectivamente estaba torcida.

Otra vez, mientras echaban la placa de un techo, le advirtió al padre de mi sobrino:

—Echa más mezcla ahí, que se va a hacer un hueco.

El hombre, pensando que mi padre estaba borracho, no le hizo caso y siguió en lo suyo.


Cuando la placa estuvo lista, cada vez que llovía en ese punto aparecía un hueco, justo donde él había dicho.


Mi padre, incluso con un trago en la mano, tenía un ojo de albañil que no fallaba.


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