Con Willy Chirino



  “Ya viene llegando”

La tarde se vestía de humedad sobre los techos de La Habana Vieja. Era 1989, quizás 1990 —los años se confundían en el letargo de una ciudad que parecía vivir siempre entre sombras y resistencia. En el tercer piso de un edificio agrietado, con balcones de hierro que crujían como susurros de otro tiempo, se celebraban los quince de …. 

Pero había algo más, algo que nos hacía vibrar por dentro. Una necesidad de ser, de existir… aunque fuera a escondidas.


Éramos un grupo de muchachos con la esperanza a flor de piel y los pulmones llenos de rabia contenida. Ya sabíamos, demasiado jóvenes, lo que era vivir con miedo: que nos vigilaran por lo que escuchábamos, que nos expulsaran de la escuela por lo que pensábamos, que nos señalaran por lo que sentíamos. Celia era una palabra prohibida. Feliciano, un pecado menor. Pero Willy Chirino… Willy era dinamita. Su voz cruzaba el mar como una promesa que no sabíamos si algún día se cumpliría. Y su música, cuando lograba colarse en un cassette contrabandeado, era el lenguaje secreto de los que aún creíamos en el mañana.


Esa noche, alguien —nunca supimos quién— trajo un cassette con varias canciones grabadas del exilio. El salón se oscureció por un instante, como si el universo mismo se recogiera en un suspiro. Y entonces empezó:

“Ahí viene llegando… ahí viene llegando…”


No sé quién fue el primero, pero bastó una voz para que todas las demás se alzaran. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en un acto de rebelión espontáneo, corrimos hacia los balcones, alzamos los brazos, las gargantas, la memoria.

—¡YAVIENE LLEGANDO!🎶

—¡YA TODO EL MUNDO LO ESTÁ ESPERANDO!🎶


Cantábamos —gritábamos— como si cada palabra nos arrancara las cadenas del alma. Éramos adolescentes, sí, pero en aquel instante fuimos soldados de la esperanza, embajadores de la dignidad. Los vecinos se asomaban, unos con miedo, otros con lágrimas. No faltaron los que cerraron las ventanas. También había delatores por todas partes. Lo sabíamos. Pero ese minuto, ese minuto fue nuestro. Nadie nos lo quitó.


Lo que hicimos fue suicida, tal vez. En un país donde una canción podía ser tu condena, nosotros habíamos convertido un estribillo en himno. Y aunque aquella noche terminó con las luces apagadas y el miedo regresando como un eco ronco, ya no éramos los mismos.


Años después, muchos de los que estuvimos allí vivimos en Miami, en Madrid, en Estocolmo, en cualquier parte donde se pueda caminar sin mirar atrás. Pero cuando suena “Ahí viene llegando”, algo en nosotros vuelve a esa fiesta de quince, a ese balcón, a ese grito. Porque esa canción no era solo una melodía. Era una declaración de principios. Era nuestra bandera invisible. Nuestro primer acto de libertad.


Y en el corazón de cada uno de nosotros, Willy no era solo un cantante. Era un conjuro. Un disparo de fe. Una ventana abierta hacia el futuro.


Porque ahí viene llegando, sí. Y nosotros… lo supimos antes que nadie.


Comentarios

Entradas populares