Año 1


 



Todo ocurrió con una rapidez que me tomó por sorpresa. Pese a haber esperado ese momento durante tanto tiempo, cuando finalmente sucedió mi mente y mi cuerpo parecían habitar otro universo. Creía estar preparado, pero la preparación que tuve —los años compartiendo piso con el hijo de un amigo— no era más que un ensayo distante, un anticipo que en nada se parecía a la experiencia real.


Amueblar un departamento me resultó entonces como aprender un idioma desconocido. No sabía por dónde empezar, qué era verdaderamente necesario, qué podía esperar. Cada mueble, cada objeto, parecía una decisión cargada de peso, porque no se trataba solo de llenar un espacio, sino de darle forma a un nuevo capítulo de vida.


Hoy, un año después, miro alrededor y descubro que no solo amueblé un departamento: me fui amueblando a mí mismo. Cada rincón refleja una parte de mi historia, de mis búsquedas, de mis dudas y certezas. Vivir solo me ha enseñado que la verdadera paciencia no consiste únicamente en esperar, sino en aprender a convivir con el silencio, en aceptar que la soledad también tiene voz, y que a veces dice más de uno mismo que cualquier compañía.


Este año me ha mostrado que el espacio que habito no es solo un techo y unas paredes, sino un espejo de quién soy y de quién estoy llegando a ser. Y, sin embargo, sé que esta no es una historia concluida. Lo que tengo frente a mí no es un destino final, sino un punto de partida.


Porque, al fin y al cabo, amueblar un hogar es apenas el comienzo de algo mucho más grande: la construcción paciente y silenciosa de una vida que todavía sigue escribiéndose.


Comentarios

Entradas populares