La primera noche
Recuerdo aquella primera noche como si hubiera sido ayer. El departamento estaba casi vacío: apenas una cama improvisada con un colchón en el suelo, y una lámpara que más parecía un testigo silencioso que un objeto útil. El eco en las paredes me hacía sentir que cualquier movimiento, por pequeño que fuera, tenía el peso de una declaración.
Me preparé algo sencillo para cenar, casi mecánicamente, como si quisiera llenar el espacio con gestos familiares. Un plato de pasta que sabía más a transición que a comida. Mientras comía, pensé que aquella era la primera vez en muchos años que nadie me esperaba, que nadie compartía conmigo ni el silencio ni el sabor de lo que tenía en el plato. Era un vacío extraño, incómodo y a la vez liberador.
Cuando llegó la hora de dormir, apagué la luz y el silencio se hizo más grande que el propio departamento. Acostado, miré el techo y sentí que estaba en un territorio nuevo, desconocido, donde cada sombra era un recordatorio de que ahora todo dependía de mí. Sin embargo, en ese mismo silencio también encontré algo inesperado: la certeza de que estaba en el inicio de una historia que me pertenecía por completo.
Esa primera noche no dormí bien, pero desperté distinto. Como si de pronto el mundo me hubiera entregado un cuaderno en blanco y me dijera: escribe.



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