La tierra caliente



Salimos de La Habana en la madrugada, atravesando la llanura Habana–Matanzas. El frío calaba hasta los huesos, y la neblina se filtraba por las ventanillas del tren. 


Dentro del vagón, los compañeros del Conjunto Folklórico Universitario intentábamos entrar en calor, pero la emoción del viaje nos mantenía despiertos. 

A medida que avanzábamos, el paisaje cambiaba lentamente y con él la temperatura. Cuando nos acercamos a Santiago de Cuba, un aire más tibio comenzó a filtrarse por los asientos. 


Al llegar a la estación, el sol empezaba a asomar sobre la bahía, tiñendo de rojo y dorado los tejados de la ciudad y reflejándose en el mar lejano. 

La luz naciente llenaba las calles de un brillo cálido que hacía que todo pareciera más vivo, más intenso. Era un amanecer que prometía ritmo y movimiento, y el calor tropical ya se dejaba sentir sobre nuestra piel.

El golpe de calor fue tal que no pude evitarlo: sentí que la camisa me sobraba. Me acerqué a la guía, un poco avergonzado, y le pedí permiso para quitármela por el calor reinante. Ella sonrió, comprensiva, y me indicó que no había problema. Fue un instante de alivio físico que me permitió disfrutar plenamente de la ciudad que despertaba ante nosotros.


Con la guía al frente, recorrimos los rincones más importantes de Santiago. Nos contaba historias de su gente, de su música, de su historia y tradiciones. 

Caminábamos entre risas, fotografías y curiosidad, mientras el sol continuaba elevándose y bañando todo con un calor que contrastaba con la humedad fría de la llanura que habíamos dejado atrás.


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