69022711464
Ese era mi número de carnet de identidad en Cuba.
En la Cuba de los años 80, el proceso de obtención del carnet de identidad era un viaje que muchos recordaban con una mezcla de resignación y paciencia infinita. Las oficinas del carnet de identidad, ubicadas en el barrio de Luyanó, en el municipio de Diez de Octubre, eran un hervidero constante de actividad.
Primero, había que enterarse del día exacto en que se debía asistir. Las noticias corrían de boca en boca, o a veces se confirmaban con llamadas telefónicas llenas de interferencias. Una vez conocido el día, la preparación comenzaba temprano. Las largas filas eran una certeza, así que muchos llegaban antes del amanecer, con la esperanza de estar entre los primeros en ser atendidos.
Llegar a Luyanó significaba caminar por calles bulliciosas, con el sonido de vendedores ambulantes ofreciendo café y bocadillos a los madrugadores. Al llegar a la oficina, uno se encontraba con una fila que serpenteaba fuera del edificio, doblando la esquina y extendiéndose a lo largo de varias cuadras. La paciencia era la mejor compañera en esas largas horas de espera.
El primer paso dentro de la oficina era la recepción, donde se entregaban los documentos necesarios: partida de nacimiento, comprobante de domicilio, y una fotografía tamaño carnet, tomada por algún fotógrafo del barrio. Aquí, la espera continuaba, ya que los empleados revisaban minuciosamente cada papel en busca de errores o faltantes.
Una vez superada esta etapa, se pasaba a la sala de espera principal. Este era el verdadero campo de batalla de la paciencia. Las sillas de metal, incómodas y frías, apenas ofrecían alivio después de horas de pie. Aquí, la gente conversaba, compartía anécdotas y se solidarizaba en la espera interminable. Los niños jugaban en los pasillos, bajo la mirada atenta de sus padres.
Finalmente, llegaba el turno de entrar a la pequeña oficina donde se realizaba el trámite final. Una vez dentro, el funcionario tecleaba en una vieja máquina de escribir, llenando formularios y certificando datos. Cada documento era revisado con detenimiento, y cualquier error podía significar volver otro día para repetir el proceso.
Tras la aprobación final, el carnet de identidad no se entregaba de inmediato. Había que esperar varias semanas, durante las cuales uno vivía con la incertidumbre de cuándo exactamente se podría recoger el preciado documento. A veces, era necesario regresar varias veces a la oficina, preguntar y esperar nuevamente en fila para recibir el carnet.
Cuando por fin llegaba el día de la entrega, se repetía la rutina de la fila y la espera. La diferencia era que esta vez, la recompensa estaba garantizada. Salir de la oficina con el carnet de identidad en la mano era un alivio y una celebración en sí misma. Significaba haber superado uno de los muchos retos burocráticos de la vida cotidiana en la Cuba de los años 80.






Comentarios
Publicar un comentario