Desde la perspectiva del metro

Es temprano en la mañana en Estocolmo, y como de costumbre, el metro bulle con el ir y venir de las personas que se dirigen a sus distintos destinos. Estoy aquí, sentado entre el gentío, plácidamente inmerso en la escritura de este blog. A mi alrededor, todo es un flujo constante de movimientos, pero yo me mantengo despreocupado, relajado.



A medida que el tren se desliza por los túneles iluminados de la ciudad, observo a los viajeros: algunos absortos en sus libros, otros con la mirada fija en sus teléfonos. Hay un silencio cómplice, sólo interrumpido por el zumbido ocasional de una conversación o el chirrido del tren en las vías.


Finalmente, llegamos a la estación donde debo bajar para hacer el cambio de línea. Me levanto tranquilamente de mi asiento, y noto cómo las personas a mi alrededor se apartan educadamente para dejarme pasar. En este mundo a menudo apresurado, estos pequeños actos de cortesía son como oasis de calma.


El metro abre sus puertas, y con paso seguro pero tranquilo, me uno a la marea de personas que se mueven con determinación hacia sus próximos trenes. El ambiente es el de una coreografía urbana bien ensayada: todos saben hacia dónde van, tranquilos, relajados, y siempre educados.



¡ Qué contraste !

¿ Cierton?

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