Invitaciones.
En la gran fiesta de la vida, cada invitación que recibimos marca un hito en nuestro viaje.
Primero, están las invitaciones a cumpleaños infantiles, donde la piñata y el pastel de chocolate son los protagonistas. Los pequeños se miden en brincos y risas, y los padres en el número de niños que logran mantener entretenidos.
Luego, avanzamos a las fiestas de 15 años, donde los vestidos pomposos y el vals con el chambelán son el centro del universo. Es el primer ensayo para los eventos más formales de la vida, y un adelanto de la noche en que nos sentiremos como reyes y reinas del baile.
Las bodas llegan como una gran producción teatral, con más drama y emoción que una telenovela. Aquí, no solo se miden los trajes y los banquetes, sino también el número de tías que lloran en la ceremonia.
El bautizo, aunque más solemne, es otra parada crucial, donde se mide la habilidad de los padres para mantener a su bebé quieto y silencioso durante la ceremonia, mientras los abuelos se esfuerzan por recordar los nombres de todos los nuevos miembros de la familia.
Después, llegamos a las fiestas de cumpleaños de los 40, 50, 60 y así sucesivamente. Estos eventos son una mezcla de nostalgia y celebración. Los recuerdos de juventud se entrelazan con las promesas de futuro, y el número de velas en el pastel se convierte en un asunto de ingenio logístico.
Finalmente, los velorios, el último y más sobrio de los eventos, donde el número de asistentes y las anécdotas compartidas son el verdadero medidor del impacto de nuestra vida en los demás. Es aquí donde se cierra el ciclo, y las risas y lágrimas se mezclan en un homenaje final.
En cada invitación, en cada celebración, se revela un poco de quiénes somos y cómo hemos vivido. Así, la vida se convierte en una cadena de eventos, donde cada uno tiene su propio sabor, su propio ritmo y su propio significado.



















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