Duro frío
En un molde de silicona, vertí jugo de naranja y, con cuidado, coloqué rodajas del mismo cítrico, cortadas a la mitad, de manera que cubrieran las paredes de cada compartimento del mencionado molde. Luego lo llevé al congelador, dejando que esa mezcla natural y vibrante se solidificara, creando pequeños bloques de hielo llenos de color, aroma y sabor. Estocolmo, año 2024.
Cincuenta años atrás, en el barrio de Lawton, en La Habana, Cuba, se vivía con ingenio y creatividad, especialmente cuando el calor apretaba y los recursos eran limitados. Era común que alguien vertiera limonada, esencia de naranja, de menta o vainilla en un molde de metal, lo llevara al congelador y dejara que esa mezcla se solidificara. Antes de que se endureciera por completo, con mucha destreza, colocaban un palito en el centro de cada compartimento, que serviría como agarradera.
El resultado final eran pequeños bloques de hielo saborizado, un manjar sencillo pero lleno de frescura. A ese humilde pero delicioso invento lo conocíamos como «durofrío».
Para nosotros, los niños que no teníamos refrigerador en casa, era mucho más que un postre: era una salvación contra el calor y un pequeño lujo que alegraba las tardes.
Comprar y disfrutar un durofrío era un momento especial, una pausa refrescante en medio de nuestras correrías y juegos, que todavía hoy me arranca una sonrisa al recordarlo.





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