Sueco



 Recibir la ciudadanía sueca fue un hito en mi vida, no solo por lo que significaba para mi presente y futuro, sino también por todo lo que representaba como símbolo de reconocimiento y pertenencia en un país que había llegado a ser mi hogar. Como licenciado en Derecho, con catorce años de ejercicio en Cuba, comprendía la importancia jurídica de este acto, pero en ese momento, lo sentí más como una reafirmación personal y emocional.


La invitación llegó unas semanas antes del Día Nacional de Suecia, el 6 de junio. Decía que estaba invitado a participar en una ceremonia en el Stadshuset, el Ayuntamiento de Estocolmo, nada menos que en el salón donde cada año se realiza el banquete del Premio Nobel. 



Este detalle, para alguien como yo que admiraba la importancia de las instituciones y las tradiciones, no era algo menor. Se trataba del mismo espacio donde se celebran los logros más grandes de la humanidad. Y ahora, en un acto mucho más personal, me daban la bienvenida formal como ciudadano sueco.




El Día Nacional amaneció con un clima típicamente sueco: un cielo claro, el aire fresco, y esa luz de junio que parece infinita. Me vestí con cuidado, sintiendo que el evento no solo era una formalidad, sino un momento de profundo simbolismo. Al llegar al Stadshuset, me encontré con muchas personas que, como yo, estaban allí para celebrar este nuevo capítulo en sus vidas. Había rostros de todos los colores, culturas y edades. Aquello era una pequeña muestra del Suecia moderna: diversa, abierta y llena de historias distintas.


La ceremonia comenzó con palabras de bienvenida por parte de las autoridades locales. Hablaron de los valores suecos: la igualdad, la solidaridad y el respeto por la diversidad. Como jurista, conocía los principios sobre los que se construye este sistema, pero escucharlos en ese contexto tuvo un peso diferente. No era solo teoría; era una promesa de pertenencia a una comunidad que valoraba el esfuerzo de quienes llegaban buscando construir una vida mejor.


Recuerdo especialmente un momento en el que todos los nuevos ciudadanos nos pusimos de pie. Nos pidieron que pensáramos en lo que significaba para nosotros este paso. Para mí, era un puente entre el pasado y el futuro. Venía de una tierra que amaba profundamente, con su historia y su cultura, pero ahora formaba parte de un país que me había abierto las puertas y me ofrecía nuevas oportunidades. Era una mezcla de orgullo, gratitud y esperanza.


Luego, llegó el momento más significativo: el reconocimiento oficial. Aunque el proceso legal ya había concluido, la ceremonia ponía un sello emocional a todo el esfuerzo. En ese salón histórico, rodeado de personas que compartían mi emoción, sentí una conexión especial con mi entorno. Fue un momento de reflexión sobre cómo había llegado hasta allí, desde los días en La Habana estudiando leyes, hasta ese instante en que el derecho y las emociones convergían de una manera tan poderosa.


Cuando terminó la ceremonia, salí al aire libre y miré el horizonte de Estocolmo. La ciudad, con sus canales y edificios históricos, se veía más brillante, más cercana. No era solo un lugar donde vivía; era ahora parte de mi identidad.


Ese día no solo me convertí en ciudadano sueco desde el punto de vista jurídico. Me sentí parte de una comunidad, de una nación que valora tanto sus tradiciones como su capacidad de integrar. Y, en el fondo, me sentí reafirmado en mi creencia de que, con esfuerzo, aprendizaje y perseverancia, los nuevos comienzos no solo son posibles, sino también extraordinarios.






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