Mi experiencia en la mina de sal.
Aquella tarde no iba a ser una excepción.
Unos 289 km restaban hasta nuestro destino, pero el
Paisaje entre Viena y Hallstat es generoso en imágenes de ensueño.
Sin dudas viajar por las carreteras austriacas clasifican entre los primeros lugares de mi lista de preferencias….
Sin dudas viajar por las carreteras austriacas clasifican entre los primeros lugares de mi lista de preferencias….
Los Alpes, son extremadamente hermosos.
El otoño marcaba su impronta en el clima: neblina, nublado, bajas temperaturas y llovizna a ratos…..
De las actividades que hicimos la más remarcable fue la excursión a la mina de sal.
Aquella mañana, envueltos en la neblina y el frío característico del otoño, nos dirigimos hacia el funicular que nos llevaría desde el pintoresco poblado de Hallstatt hasta la entrada de la mina de sal. La estación del funicular estaba justo en la base de la montaña, rodeada de casas con tejados oscuros y fachadas de madera que parecían sacadas de un cuento. L y A iban emocionados, como siempre, revisando sus cosas y ajustándose las chaquetas para protegerse del viento helado.
El ascenso en el funicular fue lento y suave, pero el clima nublado limitaba la vista. Apenas podíamos distinguir los contornos de las montañas y el lago Hallstättersee, ocultos tras un velo gris. Me imaginaba que en un día despejado el paisaje sería impresionante, pero esa atmósfera brumosa también le daba un toque místico, como si la montaña misma estuviera escondiendo su secreto más valioso. A pesar de no poder ver el paisaje desde el mirador al llegar a la cima, la emoción de estar en este lugar cargado de historia nos mantuvo entusiasmados.
Una vez arriba, caminamos hacia la entrada de la mina, donde nos equiparon con cascos protectores. Entrar al túnel fue como cruzar un umbral hacia el pasado. El aire se volvía más frío y denso, y la iluminación tenue añadía un aura de misterio. El guía nos recibió y, en un inglés claro, comenzó a explicar cómo esta mina había sido explotada durante miles de años, siendo la más antigua de Europa.
El recorrido era fascinante. Caminamos por túneles tallados a mano hace siglos y vimos herramientas y restos arqueológicos que mostraban cómo los antiguos celtas extraían y procesaban la sal, el “oro blanco” que dio fama a Hallstatt.
Luego llegó uno de los momentos más emocionantes: el gran tobogán de madera. Diseñado originalmente para que los mineros se desplazaran entre niveles, ahora era una atracción imperdible. No dudé en lanzarme, y aunque fue rápido, la sensación de adrenalina fue inigualable. Al final, todos terminamos riendo y comparando nuestras “marcas de velocidad”, que se registraban automáticamente al deslizarse.
Casi al final del recorrido, llegamos a un lago subterráneo. Las luces reflejadas en el agua creaban un espectáculo visual impresionante. El guía nos pidió silencio por un momento, y la calma del lugar, interrumpida solo por el suave goteo del agua, nos dejó maravillados. Fue uno de esos instantes que quedan grabados en la memoria.
El tramo final de la excursión lo hicimos en una especie de tren minero. Nos sentamos a horcajadas, en fila, mientras el pequeño convoy nos llevaba hacia la salida. El traqueteo del tren, el eco de las risas de los visitantes y el movimiento constante nos hicieron imaginar cómo los mineros usaban este mismo sistema para transportar sal o moverse rápidamente dentro de la mina.
Cuando salimos al exterior, el clima seguía nublado, y aunque no pudimos disfrutar de las vistas panorámicas desde el mirador, la experiencia dentro de la mina había sido más que suficiente. Regresamos al poblado nuevamente en el funicular, y esta vez, la atmósfera melancólica del otoño y la suave llovizna parecían el cierre perfecto para un día cargado de historia y aventura.









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