Yuli

 


De Yuli, solo guardo el recuerdo de su alegría inmensa cada vez que me veía regresar de la escuela. Era como si toda la tarde hubiese esperado ese momento, y yo también lo anhelaba. Apenas dejaba la maleta en casa, salía corriendo a casa de Susana, su dueña, porque sabía que allí me esperaba Yuli con su colita en movimiento, como un pequeño ventilador de felicidad.


Daba saltos interminables de emoción, intentando alcanzar mi pecho con sus patas delanteras. Me arañaba las piernas con sus pezuñas, pero no dolía. Era un arañazo de amor, de esos que no se sienten porque vienen llenos de cariño. Las marcas quedaban ahí, claras, en mis piernas al descubierto por el short de mi uniforme escolar. Pero lejos de molestarme, me hacían reír. Eran como una prueba de nuestro encuentro diario, de esa alegría compartida que nos hacía olvidarnos de todo.


Yuli brincaba, ladraba bajito y giraba en círculos, mientras yo intentaba calmarlo. Pero, la verdad, no quería calmarlo. Me encantaba verlo así, feliz, desbordado de emoción por algo tan simple como mi llegada. Era un contento suyo, pero también mío. Porque en ese rincón de cada tarde, Yuli y yo nos entendíamos sin palabras. Solo éramos un niño y su amigo inseparable, compartiendo un momento de pura felicidad.

Comentarios

Entradas populares