Navidad.



 



Cada vez que se acercan las fechas de Navidad, me detengo un momento a reflexionar sobre lo que realmente significa esta época del año. Desde pequeño, he visto cómo dos historias completamente distintas coexisten en esta celebración: la del nacimiento del Niño Jesús, con su profundo significado espiritual, y la de Santa Claus, con su alegre bullicio de regalos y luces. Ambas tienen su lugar, pero confieso que la historia de Jesús siempre me ha parecido infinitamente más hermosa.

Me imagino aquel humilde establo en Belén, donde todo parecía tan sencillo y, al mismo tiempo, tan extraordinario. Una madre joven, un padre protector y un niño recién nacido, envuelto en pañales, descansando en un pesebre. No había nada lujoso, ningún adorno brillante, pero había algo que las historias modernas no siempre consiguen transmitir: esperanza. La promesa de algo más grande, algo que ilumina incluso las noches más oscuras, como lo hacía la Estrella de Belén.

Y luego están los Reyes Magos, figuras que siempre me han fascinado. Hombres sabios que viajaron desde tierras lejanas, guiados únicamente por la luz de una estrella. Pienso en su fe y en la valentía que debieron tener para emprender un viaje tan largo, simplemente porque creían en algo más grande que ellos mismos. Trajeron regalos, sí, pero sus presentes no eran meras cosas materiales. El oro, el incienso y la mirra simbolizaban realeza, divinidad y sacrificio. Cada uno de ellos parecía decir: “Este niño cambiará el mundo”.

Por otro lado, está Santa Claus, con su trineo, sus renos y su bolsa interminable de regalos. No puedo negar que me encanta la alegría que trae a los niños. Hay algo mágico en su figura, en esa ilusión que hace que los más pequeños se despierten con los ojos brillantes de emoción. Pero cuando pienso en su historia, no siento la misma profundidad. Es como si todo estuviera envuelto en un papel brillante, pero el regalo en sí, aunque bonito, no tiene el mismo peso emocional.

No digo esto para menospreciar a Santa Claus ni a la parte comercial de la Navidad. Entiendo que también tiene su lugar, que trae momentos de alegría y unión en un mundo que a veces parece demasiado dividido. Pero cuando comparo las dos historias, la del pesebre y la del trineo, siento que una me habla al corazón, mientras que la otra me habla a la superficie.




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