Golosinas caseras
Cuando pienso en mi infancia, no recuerdo grandes juguetes ni regalos costosos. Lo que viene a mi mente son los dulces caseros, esos pequeños tesoros que llenaban de magia los días simples. En aquella época, los dulces no se compraban en tiendas lujosas ni venían envueltos en papeles brillantes. Eran un invento de las manos, de la paciencia, y sobre todo, del ingenio.
Uno de mis favoritos eran las tableticas de coco. Todavía puedo oler el aroma del coco rallado mezclado con azúcar que se cocinaba lentamente hasta volverse espeso y dorado. El sonido del cuchillo cortando las tabletas en pequeños cuadros era como una promesa de felicidad. Las mordías y sentías el crujir del coco mezclado con el dulzor que se quedaba pegado en los dientes, pero no importaba. Para mí, cada pedacito era un premio, un lujo que no se repetía todos los días.
Los días de calor eran perfectos para los pirulís. Eran cónicos, de un rojo brillante, y llevaban un palito de madera para agarrarlos. Cuando los vendían en la calle, uno corría con las monedas en la mano, como si el tiempo fuera a acabarse. Chupar el pirulí era un arte. Había que hacerlo despacio para que durara, y cuando quedaba solo la punta del caramelo, uno deseaba que nunca se terminara. A veces me manchaba los dedos con el azúcar derretida, pero eso solo era parte de la experiencia.
Había otros días en los que el olor de la conserva de boniato invadía todo. Las rodajas de boniato se cocían en un almíbar espeso, con un toque de canela que le daba un aroma celestial. Era un dulce que no solo alimentaba el cuerpo, sino también el alma. Cada bocado era suave, meloso, y te llenaba de una calma que no sabías explicar, pero que disfrutabas con cada fibra de tu ser.
Y luego estaba el dulce de guayaba. Lo preparaban con las guayabas más maduras, cocidas con azúcar hasta formar una masa densa que se envolvía en hojas de plátano. Esa combinación de lo dulce con un toque ácido hacía que el sabor se quedara en la boca por horas, como si la guayaba no quisiera irse. Comerlo era casi un ritual: desenvolverlo con cuidado, arrancar un trocito y dejar que se deshiciera lentamente en la lengua.
De vez en cuando, aparecían las bolas de maní caramelizadas. Eran raras, porque el maní no siempre se conseguía, pero cuando las tenía en mis manos, era como sostener un pedacito de oro. Ese crujir al morderlas y el contraste entre el dulce del caramelo y el sabor terroso del maní eran algo que nunca se olvida.
Los días de fiesta traían la melcocha, esas tiras largas de azúcar estirada que brillaban como joyas. Ver cómo se preparaban era casi tan emocionante como comerlas. Las manos iban doblando y estirando la masa, dándole vueltas hasta que adquiría ese color perlado que hipnotizaba. Los niños peleábamos por un pedacito, y quien lograba el más grande se sentía el rey del mundo.
Hoy, cuando cierro los ojos, puedo revivir esos momentos. Los olores, los sabores, las texturas… Todo vuelve como un remolino de recuerdos. Los dulces caseros de entonces no eran solo golosinas; eran alegría pura, hechas con pocas cosas pero con mucho amor. No había nada industrial, nada que viniera en paquetes perfectos. Eran irregulares, únicos, como los días de la infancia. Eran una pequeña prueba de que, a pesar de todo, siempre había algo dulce esperándonos en cada rincón de la vida.





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