Noche de luces

 Estocolmo bajo las luces de Navidad


Diciembre en Estocolmo siempre tiene algo de mágico, pero este año, con las Nobel Week Lights iluminando la ciudad, la magia parecía casi tangible. Salí de casa al caer la noche, con el aire frío y cristalino golpeándome el rostro, mientras la cálida luz de las decoraciones navideñas me invitaba a explorar.








Decidí comenzar por un paseo por Gamla Stan, el corazón histórico de Estocolmo. Las calles empedradas estaban bañadas en tonos dorados y rojos, mientras las luces colgantes formaban arcos que parecían abrazar a los transeúntes. A cada paso, me sentía transportado a una postal navideña: el aroma de vino caliente y canela, las risas de los niños correteando y el tintineo de los músicos callejeros completaban el cuadro.





Caminé hasta el Ayuntamiento, cuya torre se alzaba majestuosa contra el cielo estrellado. Desde ahí, la vista panorámica del agua reflejando las luces de la ciudad era casi surrealista. Me detuve un momento, sintiéndome pequeño pero parte de algo mucho más grande. Los colores vibrantes de las instalaciones artísticas del Nobel Week Lights eran hipnotizantes, y no pude evitar quedarme observando una obra que proyectaba formas geométricas en movimiento, como si el edificio estuviera vivo.


Seguí mi camino hacia Sergels Torg, donde una instalación gigante de luces parecía bailar al ritmo del viento. Era un espectáculo moderno, lleno de energía, pero al mismo tiempo profundamente conmovedor. Me acerqué y noté cómo la gente, de todas las edades y culturas, se quedaba absorta en la misma escena. Un niño tiró de la mano de su padre para señalar un detalle, y por un instante me vi reflejado en ellos, recordando mis primeras navidades en La Habana, cuando las luces eran más escasas pero la ilusión era inmensa.




Cruzando el puente hacia Skeppsholmen, el paisaje cambió. Las luces aquí eran más suaves, como si quisieran fundirse con el agua tranquila que rodea la isla. Una instalación flotante me dejó sin palabras: una esfera gigante que cambiaba de colores, reflejando ideas de paz y unión. Allí, apoyado en la baranda del puente, me quedé un buen rato. Había algo profundamente espiritual en esa combinación de agua, luces y silencio.





Finalmente, mi recorrido terminó en Norrmalmstorg, donde las decoraciones navideñas más tradicionales me dieron una cálida despedida. Las vitrinas de los comercios estaban llenas de detalles encantadores: pequeñas figuras de tomtes (los gnomos suecos), estrellas y renos hechos a mano. Todo parecía formar parte de un guion cuidadosamente diseñado para mantener vivo el espíritu navideño.





Mientras regresaba a casa, sentí cómo el frío ya no me importaba. Estocolmo, con sus luces y su energía invernal, me había envuelto en una experiencia que iba más allá de lo visual. Era como si cada rincón de la ciudad me recordara que la Navidad no es solo una celebración, sino un estado del alma. Y ahí, bajo esas luces, sentí que pertenecía a algo eterno, algo que conecta a todos los que se dejan tocar por su magia.

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