Emigrante …..
Cuando uno decide emigrar, a veces no le cuentan toda la película. A mí, por ejemplo, nadie me dijo que vivir en Suecia era más que lagos, bosques y una calidad de vida que te quita el habla. Lo que no te cuentan —y lo digo con un poquito de risita amarga— es cómo el clima se convierte en el protagonista indiscutible de tu vida.
A ver, yo vengo de Cuba, donde el frío más grande que uno siente es el de un aguacero que te agarra desprevenido. Pero aquí, compadre, el frío no juega. Suecia me recibió con un abrazo, que, te confieso, no fue precisamente cálido. Lo que no te cuentan es que aquí el invierno no es un invitado de una semanita, no. Se muda contigo desde octubre y se queda hasta abril o mayo, como un vecino malcriado que no se quiere ir. Las noches se alargan tanto que uno empieza a olvidarse de cómo es el sol. ¿Te imaginas eso? En pleno diciembre, a las tres y media de la tarde, ya es de noche cerrada. Uno se despierta y está oscuro, sale del trabajo y sigue oscuro. Y, cuando el sol decide aparecer, ni lo sientes porque hay tantas nubes que parece que el cielo siempre está deprimido.
¿Y la nieve? Ah, la nieve es bonita, sí, pero solo el primer día. Esa maravilla blanca que tanto encantaba a mi yo caribeño en las fotos se convierte en una trampa mortal cuando tienes que salir a trabajar con ventiscas que te cortan la cara y capas de nieve que te llegan a las rodillas. Porque aquí, mi hermano, no importa si está cayendo la tormenta del siglo: la vida sigue. No hay eso de “vamos a cerrar porque el tiempo está malo”. Nada de eso. Uno tiene que salir como un pingüino con abrigo, gorro, guantes y bufanda, porque si no, te enfermas. Y si te enfermas, ni se te ocurra pensar que alguien te va a cuidar como lo haría tu abuela en Cuba con su sopita y sus hierbas. Aquí te dan un ibuprofeno y a seguir la lucha.
Lo más curioso es que, cuando hablo con la gente de aquí, ellos te dicen con toda tranquilidad: “Esto es normal, no es para tanto”. ¡Claro, para ellos que nacieron en esto! Yo, que me crié con el sol pegándome en la cara desde las seis de la mañana y la brisa del malecón en las tardes, a veces siento que mi cuerpo todavía no entiende este frío.
¿Lo más duro? La falta de sol. Mira, te lo digo sin pena: hay días en que me miro al espejo y me veo amarillo. Uno se siente apagado, como si el cuerpo te pidiera un buche de vitamina D y no lo encuentras ni en la farmacia. Pero, como buen cubano, le busco la vuelta. A veces pongo un poco de música de Los Van Van o de Vicentico Valdés para recordar que allá, en mi islita, el sol todavía brilla, aunque yo no lo vea.
Eso sí, te digo algo: el frío no me ha quitado el sabor, ni la alegría, ni las ganas de seguir adelante. Si sobreviví a los apagones en Cuba, al transporte público y a las colas, ¿cómo no voy a sobrevivir al invierno sueco? Eso sí, cada vez que me pongo el abrigo para salir a la calle en pleno enero, me río por dentro y pienso: “Esto no me lo contaron, pero aquí estoy”



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