Hace cincuenta años….

 ….sábado, mi día favorito. Mami me dio cinco centavos para comprar algo dulce, y yo salí corriendo a buscar al señor del pirulí. Lo encuentro siempre en la esquina de la calle O’Farrill, con su bandeja llena de esos conos de papel que parecen sombreros de fiesta. El pirulí brilla bajo el sol, rojo como una puesta de sol, y sabe dulce, con un toque tostado que se queda en la lengua como un secreto.



Cuando lo veo, le grito: “¡Señor, deme uno!” Él se ríe y me dice: “Fiñe, siempre el mismo gusto, ¿eh?” Y claro, yo le sonrío porque no hay otra cosa que me haga más feliz que ese dulce. Me da uno bien grande, y mientras camino de vuelta a casa, lo voy chupando despacito, cuidando que dure lo más posible. Mis labios se ponen pegajosos, y abuela siempre me regaña cuando llego, pero yo sé que en el fondo le hace gracia.


De camino, veo a otros niños jugando en la calle con una pelota vieja. Me gritan: “¡Ven a jugar!” Pero yo me siento en el borde de la acera, mirando cómo corren y se ríen. No me molesta mirar; estoy contento con mi pirulí y con imaginar historias sobre ellos, sobre mí, sobre un futuro donde yo tal vez tenga un montón de libros y no tenga que usar estos espejuelos que me hacen ver raro.


En la tarde, después de comer arroz con frijoles, salgo con mami al parque. Ella se sienta con otras señoras a conversar, y yo me siento bajo un árbol con mi libro y mis sueños. Mientras paso las páginas, pienso que algún día escribiré mis propias historias. Historias de niños como yo, de calles llenas de vida, y de pirulís que saben a felicidad.



Y así, en este rincón de La Habana, con mis espejuelos torcidos, mi libro viejo y el sabor dulce del caramelo aún en la boca, me siento el niño más afortunado del mundo. Porque, aunque la vida sea humilde, siempre hay un rayo de sol que se cuela entre las nubes, como ese pirulí que brilla en mi memoria para siempre.

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