Viajar de pie



 

Raras veces sucede en el transporte urbano capitalino sueco. que haga largos trayectos sin opción a sentarme….

Después de veinte años viviendo en Suecia, montarme en el transporte urbano de Estocolmo es casi como visitar un templo: orden, silencio, y una puntualidad que me sigue sorprendiendo. Pero hay algo que rara vez me pasa aquí, y cuando sucede, me saca una sonrisita porque me recuerda mis días de guagua en La Habana: no encontrar un asiento.


A ver, no es que aquí no se llenen los vagones o los autobuses, claro que sí, especialmente a la hora pico. Pero te juro que después de tanto tiempo aquí, he desarrollado una especie de “radar para asientos”. Ya sé en qué parte del andén pararme para subirme justo donde suelen quedar los espacios vacíos. Es como si tuviera un sexto sentido, una habilidad adquirida con los años de sobrevivir al transporte público sueco. Pero, como todo en la vida, hay días que el radar falla.


El otro día, por ejemplo, me tocó un largo trayecto de pie. Era una mañana de esas grises, con un frío que se te mete en los huesos aunque lleves tres capas de ropa, y yo, con mi mochila al hombro, terminé apretujado en un rincón del vagón del metro. Claro, no me quejo, que aquí los apretujones son con respeto, no como en La Habana, donde uno salía del P-3 oliendo a colonia barata de alguien más. Pero igual, no poder sentarme me llevó a reflexionar.


Ahí estaba yo, agarrado del pasamanos, pensando en lo irónico de la situación. En Cuba, lo de no encontrar un asiento era la norma, no la excepción. Recuerdo esas guaguas repletas, con el chofer gritando: “¡Avancen al fondo, que caben veinte más!”, mientras tú pensabas: “¿Dónde, mi hermano, encima de quién?”. Aquí, en cambio, nadie te dice nada. Te quedas de pie si no encuentras asiento, pero en tu espacio, sin que nadie te respire en la nuca ni te clave el codo.


Lo curioso es que, parado en ese vagón, me di cuenta de que hasta en eso he cambiado. Antes, aquello del transporte público era una lucha diaria, una especie de batalla por la supervivencia que, en el fondo, me parecía normal. Ahora, un trayecto de veinte minutos de pie es casi un evento extraordinario. ¡Cómo se acostumbra uno rápido a lo bueno!


Pero ahí está la diferencia. Aquí, aunque me toque ir parado, no llego al trabajo sudado ni con la ropa hecha un desastre. Y cuando salgo del vagón, me recibe la puntualidad del tren o el autobús que me conecta. Nada de “espérate que la próxima guagua viene en media hora… o mañana”. Así que, parado o sentado, me siento agradecido. Eso sí, si me vuelvo a quedar de pie, me voy a parar en un lugar estratégico: cerca de la puerta, con una mano en el pasamanos y la otra lista para cuando quede un asiento libre. Porque aunque lleve veinte años aquí, el cubano que hay en mí todavía sabe resolver.

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