Babel familiar
Estábamos de vacaciones en Chipre, disfrutando de un día soleado junto a la piscina del hotel. Yo estaba relajado, observando a mis hijos, Carla y Leandro, mientras se comunicaban entre ellos en sueco, como siempre lo hacen. La madre de ellos, que es de la República Checa, les hablaba en checo. Carla le respondía a veces en checo, otras en sueco, mientras que Leandro casi siempre lo hacía en sueco. Por mi parte, yo les hablaba en español, como buen cubano que soy. Lo curioso es que, aunque yo les hable en español, ellos siempre me responden en sueco. Y cuando la madre y yo nos dirigimos el uno al otro, lo hacíamos en español.
En ese ambiente multilingüe, cada uno de nosotros saltaba de un idioma a otro con total naturalidad, como si estuviéramos cambiando de canal en la televisión. Era una mezcla que para nosotros ya era parte de lo cotidiano.
De pronto, un joven alto y delgado, con el cuerpo lleno de tatuajes, se acercó. Me miró curioso y, en un inglés claro, me preguntó:
—¿Qué idioma hablan ustedes?
Me sonreí antes de responder, notando que había estado observando aquella divertida confusión de idiomas. Le expliqué, en inglés, cómo funcionaba nuestra dinámica familiar: “Mis hijos se comunican entre ellos en sueco. Su madre les habla en checo, y yo les hablo en español. Ellos me responden en sueco, y su madre y yo hablamos en español entre nosotros.”
Al escucharme, el chico me miró sorprendido, asintiendo con una sonrisa, como si acabara de descubrir algo fascinante.
—Vaya mezcla —dijo, todavía sonriendo.
Yo asentí.
—Así es, una auténtica torre de Babel familiar.
Ambos reímos. Fue un momento breve, pero bastante especial. Me recordó lo único y hermoso que es formar parte de una familia multicultural, donde cada palabra y cada idioma tiene su lugar, incluso si a los ojos de los demás parece un verdadero caos lingüístico. Allí, bajo el sol de Chipre y junto a la piscina, todo tenía perfecto sentido.




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