Dia 2, mes 2, año 56.

 


Día 2 del Mes 2 del Año 56


La jornada prometía agua y risas. Tenía un plan sólido: pasar el día en la piscina con mis hijos, chapoteando, lanzándonos retos absurdos y viendo quién aguantaba más tiempo bajo el agua sin parecer un pez en apuros. Pero la vida, como siempre, decidió que mi agenda no era la prioridad.


Todo comenzó con una misión inesperada: Carla y su recensión de una película. La palabra “recensión” ya era suficiente para que su entusiasmo se esfumara como un helado en pleno agosto. Para colmo, la película en cuestión, Uncharted: Fuera del Mapa, estaba disponible en una plataforma de pago que su escuela, por supuesto, no contemplaba en su paquete educativo. Un problema para ellos, pero no para mí.




—¡Papá! ¿Tú tienes esa película, verdad? —preguntó Carla con esa mezcla de súplica y certeza de quien ya sabe la respuesta.


Asentí con aire de magnate del streaming.

—Claro que sí. ¿Quieres verla?


Ella sonrió, y ahí supe que la piscina se había esfumado de mi día. No porque no quisiéramos ir, sino porque la misión había cambiado: deportistas acuáticos a críticos de cine en un abrir y cerrar de ojos.


Nos acomodamos con una montaña de snacks digna de un maratón cinematográfico. La película resultó ser un torbellino de acción, mapas secretos y personajes que claramente nunca habían tenido problemas con la seguridad aeroportuaria para viajar por el mundo en busca de tesoros. Nos reímos, hicimos comentarios dignos de expertos en cine (o al menos eso creíamos), y para cuando los créditos rodaron, estábamos listos para la siguiente fase: la maldita recensión.



Aquí vino el drama. Carla se negaba a escribir.


—No sé qué poner —decía, haciendo un despliegue de resistencia pasiva que habría hecho que Gandhi tomara notas.





Sabía que esto iba a tomar tiempo. Así que, con la paciencia de un monje y la astucia de un padre que ya ha librado mil batallas académicas, le propuse un trato:

—Hacemos un esquema, luego lo llenamos, y al final tú solo lo redactas bonito.


Funcionó. No porque mi plan fuera brillante, sino porque a Carla le pareció menos tedioso que sentarse frente a una hoja en blanco esperando que la inspiración divina descendiera sobre ella. Terminamos la base del trabajo y, para celebrar, almorzamos juntos como si hubiéramos descubierto un tesoro perdido.





Pero el día no había terminado. Como si fuera una secuela de la película que acabábamos de ver, surgió la idea de hacer un video bailando. No sé exactamente cómo sucedió, solo sé que en algún momento ya estábamos en plena coreografía, desafiando la gravedad y cualquier sentido de la vergüenza. La madre de Carla se reía a carcajadas, y en mi mente, eso ya valía más que cualquier día en la piscina.





Leandro, por su parte, estuvo todo el día en casa de un amiguito, así que cuando apareció, se encontró con un ambiente de pura energía. Le contamos nuestras hazañas y él, en su estilo más cool, solo sonrió, como diciendo “mi familia es un espectáculo”.


Y así terminó este domingo especial, en un mes especial, en el año 56 de mi existencia. Quizás no estuvimos en la piscina, pero encontramos un tesoro distinto: uno que no estaba en un mapa, pero sí en cada risa, en cada queja de Carla por su tarea y en cada paso de baile improvisado. Uncharted, pero versión familiar.

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