Día once, mes dos, año cincuenta y seis.






Sentado a la mesa, frente a mi balcón francés, observo el bosque. Las copas de los árboles, cubiertas por una fina y delicada capa blanca, se alzan frente a mí como si fueran pinceladas suaves sobre un lienzo invernal. La niebla se enreda entre las ramas, envolviendo el paisaje en un velo misterioso, casi etéreo.


Me detengo un momento, dejo que mis ojos recorran el horizonte cercano. No hay signos de otros núcleos poblacionales a la vista, solo el bosque, mi vecino más fiel. Tumba Centrum está allí, a unos seis minutos en autobús, pero desde aquí no existe. Aquí solo reina el silencio del bosque y el blanco brillante que anuncia, con sutileza, que el invierno sigue entre nosotros.



El frío se cuela suavemente por las ventanas, recordándome que aún no es tiempo de confiarse. Hoy amaneció especialmente fresco, y aunque el calendario avanza, el invierno parece querer prolongar su estancia. Me gusta eso, me gusta esta resistencia sutil de la estación.



Frente a mí, en la mesa, el desayuno espera: algo sencillo, pero suficiente para acompañar este paisaje. Mientras tomo el primer sorbo de mi bebida caliente, el calor se funde con el frío que dejo afuera. Miro de nuevo hacia las copas blancas, la niebla, el bosque… y sonrío.


Así comienza este día once del mes dos del año cincuenta y seis. No es un día más, sino uno que ya empieza a dejar su huella en la memoria, con su capa de niebla, su aire fresco y ese bosque que, por un instante, parece pertenecerme solo a mí.

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