Curso inconcluso.



 


Mi interés por aprender inglés empezó casi de casualidad, al mismo tiempo que mi afición por escuchar música en ese idioma. Todo comenzó gracias a un amigo de la familia, quien me introdujo a ese mundo. 

Mis primeros intentos de aprender fueron completamente autodidactas: escuchaba canciones en inglés, aunque no entendía ni papa, y veía películas con subtítulos en español tratando de asociar lo que escuchaba con lo que leía. 

Entre investigar por mi cuenta y preguntar aquí y allá, mi curiosidad fue creciendo cada vez más. Eso sí, aprender inglés en esa época no era tarea fácil, porque casi no había dónde estudiarlo formalmente, así que dejé el asunto en pausa… hasta que apareció una oportunidad.


Estaba estudiando en la universidad cuando me enteré de un curso de inglés que ofrecerían en la escuela primaria Mariana Grajales, en la calle Santa Catalina. ¡Ni lo pensé dos veces! Me inscribí y empecé a asistir a clases. Todo iba viento en popa, avanzaba bien, y hasta empezaba a imaginarme conversando en inglés con elocuencia. Pero entonces llegó la fecha del examen final para obtener el certificado… y ahí comenzó la aventura.


Justo un día antes del examen, tuve que viajar a México con el Conjunto Folclórico Universitario. Pensé: “Bueno, no hay problema, siempre está la segunda vuelta”. Esa famosa revalorización, como le llamaban, era para quienes no podían hacer la prueba en la primera convocatoria o para aquellos que habían suspendido. ¡Perfecto! Estaba en la categoría de los ausentes con causa justificada.

El problema fue que, cuando dieron la fecha para la segunda oportunidad, resultó ser el día antes de que yo regresara de México. Ni modo… no llegué al primer examen, y tampoco pude asistir al segundo porque aterrizaba justo un día después. ¿Qué se le va a hacer? Perdí las dos oportunidades con precisión quirúrgica.


A pesar de este pequeño traspié, mi interés por el inglés no disminuyó. Al contrario, seguí aprendiendo por mi cuenta con canciones, películas y cualquier ocasión para practicar. Hoy en día, después de muchos años, me comunico bastante bien en inglés con personas de todo el mundo. Así que, aunque nunca obtuve aquel certificado, no me hizo falta al final del día. Eso sí, cada vez que alguien me pregunta por ese curso, sonrío y pienso: “Quizás lo mío no era el título, sino la historia”.

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