Primer jueves. Segundo mes del año 56.
Jueves de locos y una cena italiana para el alma
Los jueves suelen ser días intensos. No, qué digo intensos… ¡demoledores! El día comienza antes de que salga el sol, porque tengo que abrir el gimnasio a las 6 de la mañana. Y eso significa que el despertador suena a una hora en la que ni los pájaros han decidido empezar a cantar.
Todavía con el café dando vueltas en mi sistema, llego al gimnasio y empiezo con el ritual matutino: encender las luces, asegurarme de que todo esté en orden y prepararme para la jornada. Hasta ahí, todo iba según lo planeado… hasta que, de repente, mi rutina de trabajo fue cambiada de manera abrupta. Así, sin previo aviso. ¡Sorpresa! Y no de las buenas. Pero bueno, eso ya lo resolveré en su momento.
A las 10:30, como cada jueves, llegó mi clase de Zumba. Este grupo tiene una costumbre curiosa: siempre aparecen cuando faltan apenas uno o dos minutos para empezar. Es como un thriller de suspenso: ¿vendrán o no vendrán? Siempre vienen, claro, pero el dramatismo es parte de la experiencia. Al final, la sala se llenó con más de 20 personas, y la energía se disparó como siempre.
Después de Zumba, tocó mi clase de vattengympa
Esa clase sí que se llena hasta reventar. Fue extensa, intensa y todo lo que termine en -ensa, pero estuvo buenísima.
A eso de las 12:40, llegó el momento de ponerme mi traje en obra, porque tocaba entrenamiento de apnea. ¡Cuánto tiempo sin hacer esto! Empecé con apnea sin aletas, cuatro largos de 25 metros cada uno. Luego pasé a lo serio: 10 tramos con mi monofín. Fue un reencuentro entre mi cuerpo y el agua, con algunos ajustes en la posición porque, sinceramente, estaba un poco oxidado. Pero qué sensación más gratificante al terminar.
Ya en la noche, me fui a casa, me tiré una siesta entre las 5 y las 7 (porque, después de un día así, el cuerpo lo exige), y para cerrar con broche de oro, decidí regalarme una cena italiana. ¿Restaurante de lujo? No, señor. Hecha por mí mismo. Para celebrar este sexto día del segundo mes de mi año 56.
Porque si algo he aprendido, es que después de un jueves de locos, nada como un buen plato de comida y un momento para uno mismo.






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