Vecino temporal.
J llegó al edificio hace apenas unas semanas.
Se presentó con una sonrisa tímida y un acento que delataba su origen español.
Con 47 años, llevaba ya doce viviendo en Suecia, pero el idioma seguía siendo una barrera para él.
Apenas manejaba lo básico del sueco y su inglés era funcional, aunque limitado.
Trabajaba como camarero en un restaurante del centro, un empleo que, según él, era lo único estable en su vida.
Todo lo demás parecía moverse en un ciclo sin fin: nuevos apartamentos, nuevos vecinos, nuevos intentos por adaptarse.
Los alquileres de corta duración lo obligaban a mudarse constantemente, algo que, con el tiempo, dejó de importarle. Decía que con cada mudanza empacaba menos, como si su vida entera pudiera reducirse a unas pocas maletas. "Menos cosas, menos apego", solía decir.
J no tenía hijos y, aunque nunca hablaba de su familia en España, se notaba que la soledad lo acompañaba. Su sobrepeso y la falta de actividad física eran un reflejo de su rutina monótona: trabajo, casa, alguna que otra cerveza y luego, otra noche más sin mucho que contar.
Me invitó a su departamento temporal y me contó con cierta resignación que se consideraba un fracasado. No porque le faltara trabajo o techo, sino porque sentía que había desperdiciado oportunidades. "Vine a Suecia buscando algo mejor y sigo en el mismo sitio después de doce años", dijo, con una risa amarga.
A pesar de sus palabras, había algo en él que denotaba resistencia. Tal vez era su manera de adaptarse sin quejarse demasiado o la forma en que, a pesar de su desencanto, siempre tenía un comentario sarcástico listo para romper el silencio incómodo.
El tiempo dirá cuánto durará en este edificio, pero algo me dice que, tarde o temprano, J volverá a empacar sus pocas pertenencias y a buscar otro sitio donde empezar de nuevo, aunque sin demasiadas expectativas.





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