Cangrejo negro. Refugiado


 


Durante aquellos años especiales que vivió el mundo, como parte de la sociedad sueca, las posibilidades laborales en mi caso disminuyeron drásticamente, y de pronto me encontré con muchísimo tiempo libre. Entonces decidí hacer algo diferente: me suscribí a una agencia de contratación de extras para participar en la filmación de diversos proyectos audiovisuales. Había oportunidades para películas, documentales, series de televisión para Netflix y otras plataformas, incluso para comerciales. No pasó mucho tiempo desde que me inscribí y actualicé mi perfil cuando recibí la primera oferta para participar en la filmación de una película que más tarde se estrenaría en Netflix. La película se llamaba Svarta Krabba (Cangrejo Negro).


La citación fue a las 4 de la mañana en una isla llamada Stora Essinge. Nos convocaron para realizar las pruebas de vestuario y maquillaje, pero antes de eso, debíamos completar toda la documentación correspondiente y someternos a una prueba de COVID-19. Una vez hecho esto, pasamos a la parte de vestuario. El equipo seleccionó el atuendo que usaríamos durante la filmación, nos cambiamos y fuimos maquillados para adaptar nuestro aspecto al contexto de la película. Una vez listos, nos montaron en un autobús siguiendo estrictas medidas de seguridad por la pandemia: mascarillas, pantallas faciales y asientos asignados de manera que nadie se sentara junto a otra persona.


Llegamos al lugar de rodaje cuando aún era de madrugada. El escenario estaba perfectamente ambientado para simular una ciudad en ruinas. Autos rotos y quemados, escombros por todas partes y una atmósfera de desolación que te hacía sentir realmente en medio de una guerra. Nuestro papel era representar a un grupo de refugiados que huía del conflicto.


El frío era intenso. Aunque llevaba varias capas de ropa, mis manos estaban menos protegidas y, después de algunas horas, comencé a sentir cómo se entumecían. El director de actitud nos daba instrucciones constantemente: “Simulen que están cansados”, decía. Pero nosotros no necesitábamos simular nada… ¡Estábamos realmente cansados! La filmación se alargó con varias tomas repetidas, y aunque el cansancio se acumulaba, la experiencia seguía siendo fascinante.


En el resultado final, sabía perfectamente en qué escena había participado, aunque mi presencia quedaba en el fondo. Las cámaras estaban enfocadas en uno de los protagonistas que iba dentro de un vehículo, mientras nosotros, los extras, formábamos parte del paisaje de refugiados que se veía a lo lejos, en segundo plano.


Ver el resultado en pantalla fue un momento especial. A pesar de que mi participación era discreta, sentí orgullo al saber que formé parte de esa producción. Mi granito de arena ayudó a construir el mundo visual de Svarta Krabba y contribuyó al resultado final. Fue una experiencia intensa y agotadora, pero también emocionante y enriquecedora. Sin duda, uno de esos recuerdos que quedan para siempre.


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