Saludo al chofer.

 



Cada mañana, cuando me subo al autobús en Tumba, hago algo que para algunos parece una formalidad sin importancia, pero que para mí es una costumbre cargada de significado: saludo al chofer. Lo hago con la misma naturalidad con la que respiro, con la certeza de que ese simple gesto es un reconocimiento a la persona que está ahí, tras el volante, facilitando mi vida y la de muchos otros.


En Suecia, donde la interacción social en espacios públicos es más discreta que en Cuba, no todos lo hacen. Algunos pasajeros suben sin mirar siquiera al conductor, pasan su tarjeta por la máquina y siguen de largo, sumidos en sus pensamientos o en la pantalla de su móvil. Pero yo no. Yo miro al chofer, le sonrío y digo, según la hora del día:

— God morgon.

— Hej hej.

— Tack så mycket.


A veces, el chofer me responde con entusiasmo. Otras veces, apenas levanta la vista y murmura un saludo seco, casi mecánico. Pero eso no cambia mi hábito. Tampoco lo cambia el hecho de que, en invierno, los conductores a menudo se ven cansados, atrapados en turnos largos bajo la penumbra interminable de los días fríos. Yo los entiendo. Son humanos como yo, con preocupaciones, con familias que los esperan en casa, con madrugones que, seguramente, les pesan en los huesos.


Mi costumbre de saludar al chofer viene de lejos. En La Habana, cuando subía a la guagua—que casi siempre iba repleta—sabía que aquel hombre al volante tenía el control sobre un pedazo importante de mi jornada. Si él estaba de buen humor, quizás ponía música en la cabina y el viaje se hacía más llevadero. Si estaba irritado, cualquier excusa bastaba para que cerrara las puertas de golpe y dejara a los rezagados en la parada, algo que en más de una ocasión vi con indignación.


Pero, más allá de eso, lo fundamental era que él conducía el ómnibus en un sistema donde los retrasos y la escasez de transporte público podían convertir un simple trayecto en una odisea. Por eso, en Cuba, saludar al chofer no era solo una cortesía, sino una estrategia de supervivencia. Si él te reconocía, si notaba tu rostro entre la multitud, quizás te esperaba un par de segundos más en la parada, quizás te dejaba subir por la puerta trasera cuando el pasillo ya estaba repleto.


Ahora, en Suecia, la dinámica es diferente. Aquí no necesito que el chofer haga excepciones para que yo llegue a mi destino, pero sigo viendo su labor como algo digno de gratitud. Si él no estuviera ahí, si no llegara a tiempo a su puesto de trabajo, mi vida se complicaría un poco más. Tendría que caminar más, esperar más, reorganizar mi tiempo.





Mis hijos también saludan al chofer cuando suben. No es algo que les haya impuesto, sino que lo han aprendido de manera natural al verme hacerlo. Ellos lo ven como algo normal, algo que simplemente se hace, sin necesidad de que nadie se los explique. Y cuando los observo decir “Hej!” con la alegría y la espontaneidad de la infancia, sé que este pequeño gesto no solo es una muestra de educación, sino también una semilla de gratitud que puede hacer del mundo un lugar un poco más amable.


Por eso, cuando subo al autobús y saludo, lo hago con genuino agradecimiento. Lo mismo ocurre cuando bajo:

— Tack så mycket, ha en bra dag! —digo, y me bajo en mi parada habitual.


Algunas veces, he notado cómo mi saludo contagia a otros. Algún pasajero detrás de mí, que en un principio parecía indiferente, de pronto también dice “tack” antes de bajar. Y me hace gracia. No pretendo cambiar la cultura de un país, pero si con un simple gesto logro que alguien más recuerde que el conductor también es una persona, entonces habré hecho algo bueno.



Desde entonces, cada vez que subo a un autobús, sigo saludando. No me importa si alguien me mira raro, si creen que es innecesario o si el chofer está demasiado ocupado para responder. Lo hago porque creo que todos necesitamos un poco más de reconocimiento en nuestras vidas.

 Y porque, al final del día, un “gracias” y un “buenos días” pueden no cambiar el mundo, pero sí mejorar un instante en la jornada de alguien más.

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