Sauna. Mi primera vez.
Llegué a Finlandia por primera vez con una mezcla de emoción y expectativa. Había sido invitado a impartir un curso intensivo de salsa, y aunque sabía que la jornada sería intensa, no imaginé lo que el día me tenía reservado. Fueron seis horas seguidas de música, baile y energía desbordante. Los participantes, motivados y curiosos por aprender los ritmos cubanos, no me dieron tregua. Cada paso, cada giro y cada pausa estaba cargado de pasión y sudor. Al finalizar, mi cuerpo pedía a gritos un respiro.
Mi anfitrión, un finlandés amable con una fascinación por la cultura caribeña, me ofreció la solución perfecta: “¿Qué te parece relajarte un rato en la sauna?”
Acepté sin dudarlo, aunque debo confesar que no sabía del todo a lo que me enfrentaba. En Cuba, el calor es parte de la vida diaria, pero la sauna era otro nivel.
Subimos al apartamento, un espacio moderno con grandes ventanales y una decoración minimalista pero acogedora. Me guió hasta una puerta de madera junto al baño y me explicó las reglas básicas: “No te preocupes, solo siéntate y relájate. El calor hará el resto.” La sauna era lo suficientemente grande para varias personas, con paredes de madera clara y bancos escalonados. Un pequeño cubo de agua con un cazo descansaba junto al horno de piedras calientes.
Al principio, el calor era agradable, como un abrazo cálido después de un largo día. Me senté en el banco superior, respirando profundamente. El aroma de la madera impregnaba el aire, mezclándose con el vapor. A cada minuto, sentía cómo mis músculos, tensos tras las horas de baile, comenzaban a aflojarse. Mi anfitrión me lanzó una sonrisa y vertió un poco de agua sobre las piedras. Un chasquido suave seguido por una nube de vapor denso me envolvió por completo.
Ahí estaba yo, un cubano en Finlandia, sudando por segunda vez en el día, pero esta vez por puro placer. Dejé que el calor hiciera su trabajo, cerré los ojos y me dejé llevar por la experiencia. El sudor corría por mi piel, llevándose consigo el cansancio acumulado.
Cuando salí de la sauna, me sentía renovado, casi flotando. Mi cuerpo estaba ligero, como si me hubieran quitado una carga invisible. “¿Y, qué te ha parecido?”, me preguntó mi anfitrión, ofreciéndome un vaso de agua fría.
“Impresionante”, respondí. “Esto debería ser parte de cada clase de salsa. Baile y sauna… el combo perfecto.”
Nos reímos, y en ese momento supe que la sauna no sería solo una anécdota en mi viaje a Finlandia, sino una tradición que adoptaría siempre que pudiera.





Comentarios
Publicar un comentario