Tres días, del segundo mes del año 56.
Ayer fue uno de esos días que quedan marcados en la memoria, no por ser algo extraordinario, sino porque lo habitual, lo que se repite cada semana, de pronto cobra un brillo especial.
Desde que entré al salón, sentí la energía en el aire, como si las paredes mismas vibraran con la anticipación de quienes ya estaban dentro y de aquellos que aún esperaban afuera, ansiosos por un espacio. Multi-circle, entrenamiento cruzado y Zumba Fitness Party… llámalo como quieras, pero fueron más que dos simples clases .
Fue entrega, disciplina, constancia, amor por el movimiento y respeto por el propio cuerpo.
Cada rincón estaba ocupado. No cabía un alma más. El aforo al tope. Y aún así, afuera, rostros expectantes miraban hacia dentro con la esperanza de que, por arte de magia, un lugar se desocupara.
Arrancamos. La música subió, los cuerpos comenzaron a moverse, las pulsaciones se aceleraron. No hay espacio para las dudas aquí, solo para el esfuerzo, para el sudor que cae como un tributo silencioso al trabajo bien hecho.
Cada repetición, cada giro, cada salto tenía una historia propia, porque nadie entrena solo el cuerpo, también entrena la voluntad. Y en ese torbellino de energía, nos encontramos todos, empujándonos unos a otros sin palabras, con miradas de complicidad, con la certeza de que en ese instante éramos imparables.
Cuando la última canción sonó y dimos el último esfuerzo, un instante de silencio flotó en el aire. Esa breve pausa donde el cuerpo siente el peso de lo que ha logrado, antes de estallar en sonrisas, en miradas satisfechas, en el eco de una batalla ganada.
Dos clases llenas. Dos sesiones de pura pasión y entrega. Ayer no fue un día cualquiera, fue un día especial. Porque estamos en el mes 2, día 3 del año 56. Y la historia de este febrero apenas comienza.




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