Ballet


La noche caía densa y oscura sobre las aguas serenas del Océano Índico, un manto estrellado se reflejaba en la superficie tranquila cerca de las Islas Maldivas. 

Bajo esa inmensa bóveda celeste, un grupo de veinticinco buceadores se congregaba en la cubierta de una embarcación anclada, ajustando meticulosamente sus equipos de buceo.




La expectativa era palpable, cargada de un silencio reverente sólo interrumpido por el siseo ocasional de los tanques de oxígeno y el murmullo del mar.


Esta no sería una inmersión ordinaria; nos habíamos preparado durante semanas para este encuentro nocturno con las mantas, criaturas majestuosas y enigmáticas del océano. 

Las instrucciones eran claras y se repetían como un mantra en mi mente: "Mantener la calma, no hacer movimientos bruscos, usar las linternas con prudencia". 

La noche bajo el agua demandaba respeto, y las mantas, aún más.


Cuando finalmente nos sumergimos en las aguas cálidas, el mundo se transformó. 

La negrura del océano nocturno era total, una oscuridad que devoraba todo excepto donde nuestras linternas se atrevían a perforar. 




Flotábamos en el límite del abismo, suspendidos en un vacío donde sólo la luz y la vida que atraía tenía cabida.Las mantas, atraídas por el espectáculo de luces, comenzaron a emerger de la nada. 

Se deslizaban con una elegancia sobrenatural, sus enormes cuerpos planos oscilando en el agua con movimientos que evocaban un baile ancestral. 


Las linternas, hábilmente dirigidas por los buceadores experimentados, no eran más que invitaciones a este baile acuático, puntos de luz que las mantas parecían entender como señales para acercarse.




Nos colocamos estratégicamente en el fondo, a una profundidad que oscilaba entre los diez y quince metros, conscientes de que cada movimiento nuestro podría alterar este encuentro delicado. 

La duración de la inmersión estaba limitada por el aire en nuestros tanques y la tolerancia al frío, pero cada minuto bajo el agua se sentía como un regalo etéreo.


Las mantas se acercaban, curiosas, a veces rozando suavemente el haz de luz o incluso deslizándose justo sobre nosotros, permitiéndonos admirar la textura de su piel y el contorno perfecto de sus cuerpos. 




Era como si reconocieran en nosotros a unos espectadores privilegiados de su mundo, concediéndonos una audiencia en su corte nocturna.


La inmersión continuó en este estado de gracia, un intercambio silencioso entre especies, una danza de luz y sombras en las profundidades del océano.




 Cuando finalmente ascendimos, las imágenes de esas criaturas elegantes bailando en la oscuridad se quedaron grabadas en mi memoria, un recuerdo imborrable de la noche en que el océano se abrió para revelarnos sus secretos más profundos y hermosos.


Una inmersión nocturna con mantas en las Maldivas es una experiencia transformadora, un momento de conexión profunda con el océano y sus criaturas majestuosas, envuelto en la tranquilidad y el misterio de la noche.

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