Yo desde otra mirada…

 En la frescura de sus 36 años, un joven abogado cubano pisó suelo sueco, llevando consigo una maleta llena de sueños y esperanzas, pero vacía de certezas. 


De piel oscura y ojos curiosos, se adentró en la vastedad blanca de Estocolmo, donde las luces del norte bailaban en un cielo que prometía tanto frío como oportunidades.

Aprender sueco no fue solo un reto lingüístico, sino una puerta a la rica tapestría cultural de su nueva patria. 

Pronto, su aguda mente jurídica se encontró anhelando un cambio. Inspirado por el ritmo implacable de la ciudad, fundó una escuela de baile, Cumbé, que se convirtió en un pequeño oasis de ritmos latinos para él y para aquellos que, como él, buscaban calor en la danza.

El amor llegó, como a menudo lo hace, entre pasos de salsa y merengue. 

Unió su vida a la de una estudiante de baile, y juntos trajeron al mundo dos almas nuevas. 

Sin embargo, la danza del matrimonio fue más compleja y desgastante, culminando en una separación.

Solo en el escenario de la paternidad, encontró una nueva pasión por enseñar, no solo baile, sino también buceo, zumba, y nutrición, disciplinas que exploró en los confines de los océanos y en las alturas de las montañas suecas.

Viajar se convirtió en su bálsamo y enseñanza; con cada nuevo país, su corazón sanaba un poco. 

Más de cuarenta y cinco naciones colorearon su pasaporte y su perspectiva, enseñándole que cada final es solo otro inicio.

Ahora, al mirar hacia atrás a esos diecinueve años de inviernos largos y días de verano sin fin, ve no solo un hombre que dejó su tierra natal, sino uno que encontró muchas otras en su camino. 

En el eco de la música, en el azul profundo del mar, y en las risas de sus hijos, encontró un hogar. Un hogar no definido por fronteras o idiomas, sino por momentos compartidos y sueños redescubiertos.

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