El grito
Recién regresábamos de una inmersión, envueltos aún en la salinidad del mar y las anécdotas que compartíamos entre burbujas bajo el agua.
Los marineros, con la destreza que otorga la costumbre, nos asistieron en despojarnos del equipo de buceo, devolviendo cada pieza a su lugar, como si cada aleta y careta guardara historias de corales y profundidades.
Mientras reposaban en sus cajas plásticas, un grito rasgó el silencio post-inmersión, como un relámpago que anuncia la tempestad."Dolphins! Dolphins!"
La excitación en la voz de los marineros era palpable, una invitación sin retorno al espectáculo de la naturaleza. Sin pensarlo, los ocho miembros de nuestro grupo, movidos por un ímpetu compartido, recogimos máscaras y aletas, armamos nuestras cámaras con la premura de quien teme perder un segundo de magia, y abordamos el bote neumático.
El motor ronroneó, cobrando vida, y nos lanzamos sobre las olas hacia el lugar señalado.La expectativa crecía a cada segundo, y tan pronto como el bote se detuvo, nos encontramos al borde de lo indescriptible.
Equipados de nuevo, el corazón nos latía en la garganta. Y entonces, con un "Dive! Dive! Dive!" que sonó como la fanfarria de un momento épico, nos lanzamos al abrazo del océano.
El agua, primero revuelta por nuestra entrada, se aquietó, y el mundo submarino tomó forma ante nuestros ojos. El zumbido de las burbujas ascendiendo se mezclaba con un sonido distante, casi etéreo, una melodía que solo el mar sabe orquestar.
Dirigimos nuestra mirada hacia la profundidad, donde la penumbra se vio interrumpida por figuras que danzaban con la ligereza de quien conoce cada corriente y misterio del océano.
Entonces, en un giro tan coordinado como un baile, media docena de delfines se aproximaron, sus cuerpos reflejando destellos de luz, como si llevaran consigo pedazos del sol atrapados en sus pieles.
Comenzaron a girar alrededor nuestro, en una danza que desafiaba la gravedad, invitándonos a ser parte de su mundo, de su juego, de su magia.Años después, el recuerdo de aquel encuentro sigue vivo en mí, una joya guardada en el cofre de mis recuerdos más preciados.
Fue un instante fuera del tiempo, un regalo de la naturaleza que nos recordó la belleza pura de la conexión entre seres. Mágico, emocionante, extraordinario, excepcional...
Ninguna palabra parece suficiente para describir la experiencia de nadar con delfines en su hábitat, un recuerdo que lleva consigo la promesa de lo inigualable, la sensación de haber tocado, aunque sea brevemente, el alma misma del mar.
¿Inigualable momento?
¿ Insuperable experiencia?






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