La Habana se parece a…

 La Habana se parece a…..El comentario ameritaba una corrección….

Estábamos en capital cubana, ella, su hijo y yo.

El adolescente conducía un auto de alquiler,  de turismo y le sugerí que condujera hacia el este.


Entramos al túnel de la bahía y en la primera oportunidad que tuvimos regresamos hacia la avenida del malecón habanero.


Ese era mi objetivo, el disfrute de la fachada de los edificios frente al mar, coloridos pero encubridores de la desatención de La Habana que a sus espaldas se sigue cayendo a pedazos.


Recorriendo la emblemática avenida del Malecón habanero, la dualidad de La Habana se despliega ante nosotros. A un lado, el vasto y azul Atlántico, cuyas olas besan con suave insistencia las defensas del muro costero, un escenario que invita tanto a la reflexión como al desenfreno juvenil, donde el cielo parece fundirse con el mar en un horizonte interminable. Al otro lado, la ciudad se revela en una paleta de colores desgastados por el sol y la sal: edificios de antaño que, pese a su espléndido diseño arquitectónico, muestran las cicatrices del tiempo y el descuido, pero aún retienen un encanto melancólico.

Estas estructuras, una vez prístinas y ahora pinceladas con la pátina del deterioro, cuentan historias de épocas doradas. Balcones de hierro forjado, puertas talladas que guardan los secretos de generaciones, ventanas que miran hacia el mar, esperando el retorno de algo o alguien quizás olvidado. El contraste entre el vigor del océano y la languidez urbana es palpable, alimentando una atmósfera cargada de nostalgia y belleza inquebrantable.

Mientras avanzamos, el Malecón se convierte en un teatro al aire libre, escenario de encuentros casuales, amores fugaces, y promesas susurradas bajo la atenta mirada de las estrellas. Aquí, el tiempo parece tener su propia cadencia, y cada paso nos revela una nueva faceta de esta avenida que es tanto testigo como protagonista de la vida habanera.


Tristeza y nostalgia aparte por una de las más hermosas avenidas capitalinas entramos al túnel de la calle Línea y del otro lado de la construcción bajo el lecho marino, se nos presentó un panorama distinto, que recordaba otra ciudad. Fue por eso que el joven conductor exclamó:

La Habana se parece a Miami.

Miami se parece a La Habana…. le rectifiqué.




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