El rey de los bosques suecos
El rey de los bosques suecos, sin duda, es el alce. Este majestuoso animal, conocido en Norteamérica como "moose", es el más grande de los ciervos y una figura emblemática de la fauna escandinava.
Con su impresionante cornamenta, que puede extenderse hasta 2 metros de ancho en los machos, y su imponente estatura, el alce se pasea por los densos bosques suecos como un verdadero monarca.
No solo es admirado por su noble apariencia, sino también por su habilidad para adaptarse y prosperar en el duro clima nórdico.
Los alces son fundamentales en el equilibrio ecológico de los bosques, y su presencia es un símbolo del rico patrimonio natural de Suecia.
Íbamos en auto, al atardecer, de Nynäshamn a Estocolmo,….
El silencio del atardecer solo era interrumpido por el suave crujir de nuestras ruedas sobre la gravilla.
La escena ante nosotros parecía sacada de un cuento de hadas, impregnada de una serenidad que solo la naturaleza sabe ofrecer.
La madre alce y su cría, inmersas en su tranquila cena, levantaron la vista brevemente hacia nosotros, sus grandes ojos reflejando una mezcla de curiosidad y cautela.
Decidimos detener el auto a una distancia respetuosa, no queríamos perturbar ese momento mágico ni intimidar a esos majestuosos seres.
El motor se apagó y el silencio nos envolvió, permitiéndonos solo escuchar los sonidos suaves de la naturaleza: el mordisquear del pasto, el lejano canto de los pájaros al despedir el día y, de vez en cuando, el sonido sutil de la brisa moviendo las hojas.
Mientras el cielo se teñía de tonos rosas y naranjas, la madre alce continuaba alimentándose, vigilante pero tranquila, su cría exploraba curiosamente su alrededor, aún aprendiendo a manejar sus largas y torpes patas.
De fondo, la fina niebla que se elevaba del suelo añadía un toque etéreo a la escena, como si la tierra misma exhalara el frescor del crepúsculo.
Nos quedamos allí, en silencio, capturando el momento no solo con nuestras cámaras sino también en nuestros corazones.
Era uno de esos encuentros raros y preciosos que te recuerdan la pura belleza de la vida silvestre, un recordatorio de la importancia de preservar estos entornos naturales para que momentos como este puedan seguir ocurriendo.
Finalmente, cuando la luz del día comenzó a ceder ante la noche, y las estrellas empezaron a titilar tímidamente en el crepúsculo, madre e hijo se adentraron lentamente en la densidad del bosque, desapareciendo entre las sombras y la neblina.
Nosotros reanudamos nuestro viaje, llevando con nosotros la paz y la maravilla de ese encuentro, un recuerdo atesorado de nuestro paso por la reserva natural en el camino de regreso a Estocolmo.






Comentarios
Publicar un comentario