Bienvenida
El sensor detectó mi presencia y las puertas automáticas de acceso al garaje de la Terminal 5 del aeropuerto internacional Arlanda, Estocolmo, se abrieron con el sonido propio de la separación de las juntas de goma que estaban adheridas una con la otra.
El aire gélido me golpeó la cara, el cuerpo todo con la característica bienvenida de los abriles escandinavos: impredecibles, cambiables, hermosos, pero siempre fríos, muy fríos.
Iba con ropa de invierno (¿?) cubano, pero que era perfectamente propia para una noche fresca de un verano en Suecia, pero en aquel entonces no lo sabía.
Mi cerebro empezaba a asimilar todo lo nuevo que mis ojos veían y todo, absolutamente todo era nuevo o tenía la categoría de « primera vez ».




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